Asma con rostro femenino: cuando las hormonas empujan los bronquios al borde
Después de la pubertad la enfermedad cambia de signo: las mujeres cargan con más crisis, más guardias y más noches en la cama de un hospital. Qué dicen las investigaciones recientes sobre el papel del estrógeno y la progesterona, y por qué el ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia obligan a repensar el seguimiento clínico.
Llegué a la consulta de neumonología un martes a las diez de la mañana y Carolina ya estaba sentada en la sala de espera, con la mochila todavía colgada del hombro y una tos que se le escapaba entre frase y frase. Tiene cuarenta y tres años, vive en Lanús, trabaja en una administración y arrastra un diagnóstico de asma desde los seis. De chica, me cuenta, las crisis aparecían de vez en cuando y se resolvían con un puff de salbutamol y una siesta. Después de la menarca, dice, todo cambió: las crisis se hicieron más largas, más frecuentes y mucho más difíciles de cortar. Como Carolina, miles de mujeres adultas en la Argentina y en el mundo descubren que la misma enfermedad que de niños fue llevadera se vuelve, con los años, una compañía mucho más hostil.
Una inversión que se repite en las estadísticas
Hasta la pubertad, el asma golpea con más fuerza a los varones. A partir de la adolescencia, la tendencia se da vuelta y no vuelve atrás: en la adultez, las mujeres tienen mayor prevalencia de la enfermedad, consultan más veces a urgencias y terminan internadas con mayor frecuencia. Un análisis publicado en 2025 en la revista BMC Pulmonary Medicine, elaborado sobre la base del estudio Global Burden of Disease 2021, calculó que en ese año vivían en el mundo alrededor de 260 millones de personas con asma, y puso en relieve las diferencias por sexo que se observan de manera consistente en distintas poblaciones.
El peso del estrógeno y la progesterona
La diferencia entre varones y mujeres no responde a una causa única ni a un botón que se apaga y se prende. Un trabajo publicado en The Journal of Allergy and Clinical Immunology, conducido por Dawn C. Newcomb de la Universidad Vanderbilt, se puso a mirar células inmunitarias de pacientes con asma grave y encontró que el estradiol y la progesterona pueden empujar al alza la producción de IL-17A, una proteína muy vinculada a procesos inflamatorios. El mismo equipo detectó mayor actividad de unas células llamadas TH17 en mujeres con asma grave que en varones con el mismo diagnóstico. Los propios autores aclaran que el hallazgo no prueba causalidad directa ni se puede extrapolar a todos los casos: el grupo estudiado fue chico y parte de los experimentos se hicieron en modelos animales.
“No se trata de genes completamente distintos entre mujeres y varones. Un mismo gen puede comportarse de manera diferente según el sexo, en interacción con factores hormonales y ambientales.”Patricia Silveyra, Escuela de Salud Pública de la Universidad de Indiana
Ciclo menstrual, embarazo y menopausia: tres ventanas críticas
El cuerpo femenino no ofrece un paisaje estable y por eso el asma tampoco lo es. Distintos momentos de la vida abren o cierran la puerta a crisis más severas:
- Ciclo menstrual: una revisión sobre asma premenstrual estimó que hasta el 40% de las pacientes podría notar variaciones ligadas al ciclo, aunque los estudios disponibles todavía no permiten hablar de una cifra cerrada. La hipótesis más fuerte apunta a las oscilaciones de estrógeno y progesterona en los días previos a la menstruación, que podrían aumentar la inflamación bronquial y la sensibilidad de las vías aéreas.
- Embarazo: la evolución es impredecible. El patrón clínico clásico que suelen repetir los manuales describe que cerca de un tercio de las embarazadas con asma empeora, otro tercio se mantiene estable y el tercio restante mejora, lo que obliga a controles más estrictos y, muchas veces, a ajustar medicación.
- Menopausia: la caída de estrógenos vuelve a mover el escenario. Algunas mujeres reportan cambios en la frecuencia y la gravedad de las crisis, en parte por la propia variación hormonal y en parte por el sobrepeso, el sedentarismo y otros factores que suelen aparecer a esa edad.
Antes de despedirse, Carolina me mira con la bolsa de budesonida en la mano y me dice algo que se me quedó dando vueltas: uno se acostumbra a convivir con el asma, pero cuando te das cuenta de que tu cuerpo cambió y la enfermedad también, entendés que el tratamiento de los quince ya no te sirve a los cuarenta. Esa frase, me parece, condensa mejor que cualquier gráfico por qué la medicina empieza a mirar el asma con lentes de género: no para convertir a cada mujer en un caso excepcional, sino para aceptar que la biología, las hormonas y la vida cotidiana escriben una historia que merece ser escuchada de cerca.
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