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VIE, 04 SEPT 2026
Vida

El bullying que ya no se apaga cuando suena la campana: pediatras argentinos piden actuar en familia, escuela y consultorio

Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que el acoso escolar se mudó al celular y a las pantallas, y que esa continuidad sin pausa deteriora el sueño, el cuerpo y la salud mental de los chicos. La entidad reclama un trabajo conjunto entre familias, escuelas y equipos de salud.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana · 4 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

A Mariana se le encoge el pecho los domingos a la noche. Es la mamá de Felipe, que tiene doce años y cursa la secundaria en un colegio del conurbano bonaerense. Mientras ordena la mesa para el lunes, sabe que el celular del hijo va a empezar a vibrar apenas se conecte el Wi-Fi de la casa, y que algunos de esos mensajes no la van a dejar dormir a ella tampoco. «El problema ya no termina cuando vuelve del colegio —me cuenta mientras prepara la mochila—; sigue en el grupo, en las historias de Instagram, en un juego en línea al que entran después de la cena». Esa continuidad sin respiro es, justamente, lo que decidió poner sobre la mesa la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) en un documento que reunió a ocho de sus comités y subcomisiones y que vuelve a instalar el tema del acoso escolar en la agenda pública.

Cuando el recreo se mete en la cama

El texto que difundió la entidad parte de una constatación que muchísimas familias argentinas empezaron a percibir en los últimos años: el bullying ya no tiene horario, no distingue entre el patio y el cuarto, y se mudó al celular. Una agresión que empieza en el aula puede seguir esa misma tarde en un chat de WhatsApp, escalar por redes sociales durante la noche y volver con el chico al aula a la mañana siguiente, sin que haya forma de desconectarse. Para la SAP, esa continuidad entre lo físico y lo digital es la novedad más seria que trajo el fenómeno y la que obliga a repensar cómo se lo encara.

“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño.”Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP

Qué cuentan los pediatras que pasa en pantalla

  • Mensajes de odio y burlas enviadas por chat o redes sociales que se acumulan a lo largo del día.
  • Acoso sostenido dentro de videojuegos en línea, con insultos y bloqueos para aislar al jugador.
  • Votaciones para humillar, perfiles falsos y suplantación de identidad, incluso de adultos.
  • Difusión no consentida de fotos, videos o información privada que escapa del grupo original.
  • Exclusión deliberada de grupos de WhatsApp o de listas para dejar afuera a una sola persona.
  • Edición de imágenes y videos con herramientas de inteligencia artificial que fabrican situaciones que nunca ocurrieron.

La SAP también es clara a la hora de marcar qué no es bullying: una pelea entre compañeros, un conflicto aislado o una diferencia fuerte entre dos chicos no necesariamente encuadran en el concepto. Para hablar de acoso escolar tienen que darse tres condiciones al mismo tiempo: intención de causar daño, repetición en el tiempo y un desequilibrio de poder que le impida a quien lo sufre defenderse o ponerle un freno. El maltrato puede ser físico, verbal o relacional, y esa definición vale tanto para el patio como para el teléfono.

Lo que se les rompe a los chicos

Lo que más preocupa a los pediatras no es solo lo que se ve, sino lo que se acumula. El documento describe que las consecuencias pueden aparecer en el cuerpo: dolores de cabeza y de panza recurrentes, alteraciones del sueño, cansancio crónico y una baja en el rendimiento escolar que muchas veces se adjudica a la «depresión del lunes» o a la típica pereza adolescente. También aparecen marcas en la salud mental, con cuadros de ansiedad, aislamiento, tristeza persistente y, en los casos más graves, depresión. Los especialistas insisten en que esas señales no son caprichos ni exageraciones, sino indicadores de que algo está pasando y de que el acoso no se quedó en la escuela.

Quién tiene que hacerse cargo

La Sociedad Argentina de Pediatría es muy clara al marcar que el bullying es un fenómeno grupal y que, por eso mismo, la solución no puede recaer solo en el chico que lo sufre ni en su familia. En la cadena de responsabilidades aparecen los compañeros que miran sin intervenir, los docentes y directivos que muchas veces naturalizan las situaciones, los equipos de orientación escolar cuando los hay y, por supuesto, los profesionales de la salud que atienden a los chicos en los consultorios. La entidad les pide a los pediatras que pregunten de manera sistemática sobre la vida digital de sus pacientes, que estén atentos a las señales que llegan enmascaradas en malestares físicos y que articulen con la escuela cuando sospechen que hay acoso. A las familias les recomienda acompañar sin invadir, sostener la escucha y no minimizar lo que los chicos cuentan, mientras que a las escuelas las convoca a tener protocolos concretos, a registrar lo que ocurre y a no dejar pasar las situaciones con la promesa de que «se van a arreglar solos».

Yo crucé la puerta de esta nota pensando que iba a escribir sobre chicos y pantallas, y terminé entendiendo que lo que está en juego es algo más de fondo: la posibilidad de que un niño o una niña tenga, aunque sea por unas horas, un lugar donde el acoso no lo alcance. La SAP lo dice con una frase que a Mariana se la voy a repetir muchas veces: cuando el celular no se apaga, el descanso tampoco existe, y los adultos tenemos la responsabilidad de volver a prender esa pausa que el mundo digital se llevó puesto.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana

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