Una urna en la mochila: la promesa que un voluntario neuquino cumplió hasta el otro extremo del continente
Juan Diego Lorente, titular de la filial local de Cruz Roja, transportó las cenizas de un venezolano desde el Hospital Provincial hasta la casa del hermano del fallecido en Perú. Y de ahí siguió, por su cuenta, hasta Caracas, para sumarse como voluntario tras el terremoto.
Lo encontré en el pasillo del Hospital Provincial Neuquén, ya en los últimos días de octubre, con la mochila todavía cargada y la voz todavía ronca de tanto hablar en aeropuertos y mostradores. Juan Diego Lorente acababa de bajar de un avión en el aeropuerto de Ezeiza después de una travesía que empezó en la Patagonia, pasó por Lima y terminó en Caracas, y yo quiero confesarles que mientras lo escuchaba, sentí esa punzada típica del reportero cuando entiende que tiene enfrente una historia que lo excede, una de esas que uno sabe que no va a poder contar del todo pero que necesita contar igual. Lorente es presidente de la filial neuquina de Cruz Roja Argentina, un hombre de contextura robusta, ligado desde hace años al culturismo, y el tipo de persona que cuando le preguntan por qué hace las cosas suele responder con una frase corta y una mirada larga, como si el resto de la explicación estuviera escrita en algún lugar que solo él puede ver.
El origen de todo hay que buscarlo en Néstor Tovar Ibarra, un ciudadano venezolano que vivía en Neuquén cuando una caída le provocó una lesión medular y lo dejó paralítico. Estuvo internado 416 días en el Hospital Provincial. El equipo de Traumatología lo atendió durante más de un año y, ya entrado el tratamiento, le diagnosticaron también un cáncer de próstata. Néstor murió sin haber podido volver a su país. Lo que dejó dicho fue algo muy concreto, casi una instrucción, y por eso lo recuerdo así: quería que sus cenizas llegaran hasta su hermano Adrián, que vive en Perú. Nada más que eso, y nada menos que eso. Y acá es donde la historia empieza a parecerse a esas novelas de que uno lee y piensa que no pueden ser reales: Lorente tomó esa promesa como propia y se puso al hombro la logística del traslado, coordinando con el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja para que la urna pudiera viajar desde la Patagonia hasta el otro extremo de Sudamérica sin tropezarse con ningún trámite imposible.
De Neuquén a Lima y de Lima a Caracas, con fondos propios
Las cenizas llegaron a destino y fueron entregadas a la familia en Perú. Hasta ahí, la misión estaba cumplida y cualquier persona razonable habría vuelto a su casa, se habría sentado en el sillón y se habría permitido un par de semanas de silencio. Lorente no. Por iniciativa propia, con recursos de su propio bolsillo y el respaldo de su familia, decidió seguir viaje hasta Venezuela para ponerse a disposición de la Cruz Roja Venezolana como voluntario frente a los efectos del terremoto que sacudió al país. Desde Cruz Roja Argentina aclararon, con un comunicado que vale la pena leer con atención, que no existe una misión operativa oficial de personal argentino desplegada en territorio venezolano, aunque la organización sí envió apoyo material y económico y mantiene mecanismos listos para activar un eventual despliegue si la situación lo llegara a requerir. Es decir: Lorente viajó como ciudadano, no como delegación, y eso, lejos de restarle mérito, le agrega.
En Caracas recorrió zonas golpeadas por el sismo, vio edificios dañados, estructuras colapsadas y barrios enteros con la marca del movimiento telúrico todavía fresca. Una noche, cerca de su alojamiento, se topó con una plaza que tiene un gimnasio al aire libre abierto hasta la medianoche, gratuito y con un profesor presente. Para alguien que lleva años ligado al culturismo, eso es casi una señal de humo. Se detuvo, empezó a conversar con ese profesor, y la charla, como tantas conversaciones que empiezan en una plaza, se fue corriendo del entrenamiento hasta meterse en el corazón de la gente. El hombre le contó de pérdidas familiares que el terremoto se llevó, de un largo alejamiento de su madre de 73 años y de un lugar concreto, vinculado al sismo, al que había intentado acercarse pero no había podido porque solo no le alcanzaban las fuerzas.
- Néstor Tovar Ibarra, venezolano, vivía en Neuquén y murió tras 416 días de internación en el Hospital Provincial.
- Su último pedido fue que sus cenizas llegaran a su hermano Adrián, residente en Perú.
- Juan Diego Lorente, presidente de la filial neuquina de Cruz Roja Argentina, coordinó y ejecutó el traslado internacional de la urna.
- Concluida la entrega en Perú, Lorente continuó por cuenta propia hasta Venezuela para sumarse como voluntario a la respuesta por el terremoto.
- Cruz Roja Argentina aclaró que no hay misión oficial de su personal en Venezuela, aunque envió apoyo material, económico y mantiene mecanismos de despliegue listos.
- En Caracas, Lorente conoció a un profesor de un gimnasio al aire libre que perdió familiares en el sismo y que busca reencontrarse con su madre de 73 años.
- Lorente se comprometió a acompañar a ese hombre tanto en el reencuentro con su madre como en la visita al lugar del terremoto al que no pudo ir solo.
Una promesa que se extiende más allá de la urna
Cuando le pregunté por qué seguía adelante con algo que oficialmente no le correspondía, Lorente volvió a su modo habitual: pocas palabras, mucha gestualidad. Me dijo, casi al pasar, que no se trataba de él, que se trataba de un compromiso que había empezado con un hombre que murió en una cama de hospital neuquino y que ahora, sin que nadie lo planeara, se había transformado en la posibilidad de acompañar a otro hombre en su propia reconstrucción. Entonces me acordé de algo que suelen repetir los que llevan años en la asistencia humanitaria: que las catástrofes no terminan cuando se corta la última cinta de la ayuda internacional, sino mucho después, en conversaciones de plaza, en gimnasios al aire libre, en reconciliaciones que alguien tiene que atreverse a empujar. Y ahí nomás, en esa frase que me regaló antes de despedirnos, entendí por qué este voluntario de la Patagonia terminó durmiendo en Caracas: porque hay promesas que, una vez que se hacen, ya no te sueltan.
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