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MAR, 06 OCT 2026
Entretenimiento

Tom Cruise actúa a un magnate que el mundo ya no quiere respirar: crónica de Digger, la nueva locura de Iñárritu

El director mexicano vuelve a sacudir la cartelera con una sátira sobre el capitalismo, la crisis climática y el teatro como negocio familiar. Jesse Plemons completa la trastienda. Acá, lo que hay que saber antes de que la función empiece (y después de que termine).

GB
Gonzalo BazánCultura y espectáculos · · lectura 4 min
Tom Cruise actúa a un magnate que el mundo ya no quiere respirar: crónica de Digger, la nueva locura de Iñárritu

A veces las películas funcionan como un espejo biselado: te muestran una cosa y, cuando querés entender, ya estás mirando otro lado. Digger, lo nuevo de Alejandro González Iñárritu, hace exactamente eso y lo hace con Tom Cruise como anzuelo y Jesse Plemons como carnada. La idea, a grandes rasgos, es la siguiente: un magnate del aire, del agua o de lo que sea que haya quedado después del desastre (acá no aclaran bien el rubro, lo cual ya es una declaración de principios), sobrevive en un mundo donde la gente sale a la calle con mascarillas como quien sale con la billetera y el celular.

La trampa del primer acto

El truco, claro, es el truco del teatro dentro del teatro. Cruise no encarna al magnate desde el vamos: interpreta a un actor que interpreta al magnate en una obra que la propia familia del magnate financia. Esa revelación, que llega después del primer acto, cambia el ángulo de la historia como cuando girás la cabeza y descubrís que la sombra no era de quién creías.

(Ojo con este detalle, porque es el motor de todo: si te lo cuentan de entrada, la película pierde la mitad del vértigo. Y si no te lo cuentan, te quedás mirando la pantalla como quien mira llover.)

Plemons es el sobrino, el, el que sostiene el imperio vendiendo las mascarillas que la gente necesita para respirar en esa tierra que ya no es tan tierra. Es, también, el que pone la plata para la puesta en escena. O sea: la vida del tío se convierte en un espectáculo financiado por el negocio que siguió funcionando después de la catástrofe. Si esto no les parece una radiografía del presente, es porque todavía están mirando el celular.

El final, que es el principio

Llegamos al desenlace y acá conviene avisar: lo que sigue tieneSpoiler, así que si pensaban ir este finde, hagan lo que les parezca. Sobre el escenario se representa la caída y la muerte de Digger, el magnate original, y el público lo celebra como quien celebra un gol en la final. Termina la función, se apagan las luces, la gente se pone las mascarillas y sale a la calle con la naturalidad de quien cumplió con un trámite. Tranqui. Sin histeria. Procurando, eso sí, no cruzarse con el control policial que, claro, está ahí.

El sonido hace lo suyo. La música ofrece islitas de alivio en los últimos minutos y hasta en los créditos, pero esas islitas se cortan de golpe, como cuando te cortan la luz en la mitad de un asado. La sensación de incomodidad no termina con la última escena: te acompaña hasta el estacionamiento.

Como diría una vieja copla de estas tierras, vengo de tierra adentro, con mi poncho y mi bagayo, y aunque no le venga al caso, la tarareo cada vez que una película se anima a mostrar el mundo como es: con risa, con rabia y con un final que no cierra del todo. (Sí, forcé la cita. Pero la culpa la tiene Iñárritu, que siempre me deja con esa sensación de que falta una página.)

Qué mirar antes de comprar la entrada

  • El cambio de registro después del primer acto: si no te gusta que te cambien las reglas a mitad de partido, avisados están.
  • La dupla Cruise-Plemons: el primero se permite un registro más contenido de lo habitual; el segundo está enorme, como siempre, pero con un plus de cara de poker.
  • La pregunta de fondo que deja la película: ¿qué miramos cuando vamos al teatro o al cine a ver la vida de un magnate que nosotros mismos financiamos con nuestras compras cotidianas?
  • La decisión sonora del tramo final: si te gustan los cortes abruptos, te vas a sentir como en casa.

Mi recomendación, si es que están con ganas de meterse en la sala y no en el living con el streaming: vayan a verla en cine, no en el sillón. La película pide pantalla grande, sonido envolvente y, sobre todo, silencio alrededor. La idea es que cuando la función termine y ustedes se paren para salir, la imagen de la gente poniéndose las mascarillas les quede pegada unos cuantos días. A mí, mientras escribo esto, todavía me está durando.

GB
Gonzalo BazánCultura y espectáculos

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