Patricio Guzmán y esa obsesión de filmar el temblor antes de la tragedia
La trilogía documental «La batalla de Chile» reconstruye, sin aspavientos, los meses que precedieron al golpe contra Allende y la instalación de Pinochet. Un clásico del Tercer Cine que sigue vigente y que vale la pena revisitar.
Hay algo en ver una película vieja que se parece bastante a mirar el techo de la pieza de un familiar mientras cuenta por enésima vez la misma anécdota: uno ya sabe cómo termina, pero igual se queda, porque lo importante no es el desenlace sino el modo en que se llega ahí. Eso me pasó con «La batalla de Chile», la trilogía de Patricio Guzmán que lleva más de medio siglo dando vueltas y que, sin embargo, no ha perdido un gramo de su voltaje. Es como esas cajas de música que uno destapa cada tanto: la melodía es la misma, pero el oído ya no es el mismo de antes.
El documental del chileno recorre las tensiones políticas y sociales durante el gobierno de Salvador Allende y el proceso que desembocó en el golpe de Estado que instaló a Pinochet. La cámara está ahí mientras todo se desmorona, sin red de seguridad ni narrador piadoso que nos avise desde el vamos que la cosa va a terminar mal. Guzmán filma como quien sabe que el terremoto ya empezó pero todavía nadie se animó a gritar.
Tres películas, un mismo temblor
La obra se divide en tres partes con títulos que son casi un programa político: «La insurrección de la burguesía», «El golpe de estado» y «El poder popular». Las tres funcionan como capítulos de un mismo expediente sobre el conflicto. Guzmán no se limita al Congreso: también se mete en asambleas obreras, en fábricas, en calles donde se discute cómo se responde al avance de la derecha. Esa decisión de mostrar dos escenas en paralelo (el Parlamento por un lado, las bases por el otro) es lo que vuelve al documental tan actual, tan necesario de revisitar cada vez que alguien se olvida de que las conquistas sociales no caen del cielo.
El Tercer Cine como método (no como decoración)
«La batalla de Chile» se inscribe en el Tercer Cine, esa corriente surgida en Latinoamérica que buscaba alejarse del modelo comercial de Hollywood y entendía al documental como herramienta de registro histórico y de compromiso político. Acá lo interesante es que Guzmán no usa esa pertenencia como sello de garantía ni como bandera para el afiche: la pone en práctica. Observa, monta, deja que las imágenes hablen y, sobre todo, deja que los protagonistas (parlamentarios, sindicalistas, vecinos de a pie) se expliquen sin la muletilla del especialista que viene a decirnos qué pensar. Como suele decir la vieja zamba de estos pagos: «el que tiene boca se equivoca», y Guzmán les da boca a todos, inclusive a los que se equivocan feo.
La película combina recursos cinematográficos, periodísticos y explicativos. Reúne distintas perspectivas del conflicto y escenas de violencia con un tratamiento que no cae en el golpe bajo ni en la estetización del horror. Es, en el mejor sentido, un trabajo artesanal de la memoria.
“Vuela una nube de humo / sobre el cañaveral, / canta el pueblo unido, / vidala para no olvidar.”Verso de vidala
¿Qué se busca en un documental sobre un proceso histórico? Supongo que cada uno responde desde su propia esquina. Yo, en lo personal, busco que no me cuenten la película sino que me la dejen ver, con sus dudas, sus silencios y sus contradicciones. Guzmán lo logra. Mi recomendación concreta: si nunca vieron «La batalla de Chile», arranquen por la primera parte y dedíquenle una tarde sin celular a mano. Y si ya la vieron, vuelvan. Como las cajas de música y las anécdotas familiares, sigue dando qué pensar.
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