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MIÉ, 16 SEPT 2026
Vida

Hábitos que cuidan la memoria: qué aprendió el mayor estudio regional sobre prevención de la demencia

Nutrición, movimiento, entrenamiento cognitivo, vínculos sociales y control cardiovascular forman parte de una estrategia integral que neurocientíficos de toda América Latina pusieron a prueba durante dos años con más de mil voluntarios. La experiencia, coordinada desde Buenos Aires, aporta evidencia concreta sobre qué funciona y qué cuesta sostener en la vida cotidiana.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana · 16 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

A veces la conversación empieza con alguien concreto y una mesa servida. Esta vez me toca empezar con Lucía, una neuropsicóloga que durante años escuchó la misma pregunta de familias angustiadas: «¿qué podemos hacer para que mi padre no termine como mi abuelo?». Esa pregunta, repetida en consultorios de toda la región, empujó a Lucía Crivelli y a un equipo enorme de colegas a meterse en un estudio que acaba de dar resultados: LatAm-FINGERS, el primer ensayo clínico de prevención de la demencia adaptado a América Latina, que siguió durante dos años a 1.065 personas de once países, con coordinación desde el FLENI, en Buenos Aires.

Lo que me interesa contar acá no es la cifra aislada, sino lo que aprendimos en conjunto sobre cómo se cuidan las capacidades cognitivas cuando uno ya pasó los sesenta. Porque la idea central es bastante clara, aunque a muchos les sorprenda: la memoria no se defiende sólo con juegos de ingenio o con una buena novela antes de dormir. La defensa empieza en la cocina, sigue en el control de la presión arterial, se apoya en el movimiento del cuerpo, se nutre de los abrazos y las conversaciones y, sobre todo, se sostiene en el tiempo con hábitos que no piden heroicidades, sino constancia.

Cinco pilares para una cabeza que envejece mejor

  • Alimentación saludable, adaptada a los productos y costumbres de cada comunidad.
  • Actividad física regular, incluso caminatas sostenidas.
  • Estimulación mental: aprender algo nuevo, ejercitar la atención y la memoria.
  • Vínculos sociales activos, porque el aislamiento también pesa.
  • Control de los factores de riesgo cardiovascular: hipertensión, diabetes, colesterol y tabaquismo.

Cuando le pregunté a Lucía cómo se traduce todo eso en la vida real, me respondió con una imagen muy de nuestra tierra: «La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales». Y eso, en la Argentina, significa pensar en ferias barriales, en centros de jubilados que funcionan como clubes de trueque afectivo y en plazas donde se camina en grupo. La estrategia no fue diseñada en un escritorio de Manhattan: se cocinó con investigadores de México, Colombia, Chile, Brasil, Perú, Uruguay y otros países, que discutieron menú a menú cómo reemplazar ingredientes caros por otros accesibles, qué ejercicios se podían hacer sin gimnasio y cómo organizar actividades que no exigieran movilidad motorizada.

El estudio trabajó con personas de entre 60 y 77 años, divididas en dos modalidades de acompañamiento. Un grupo recibió intervenciones más estructuradas: talleres de cocina, sesiones de ejercicio guiadas, entrenamiento cognitivo con profesionales y un seguimiento clínico detallado de la presión arterial, la glucosa y el colesterol. El otro grupo recibió orientación general y recomendaciones para incorporar los hábitos por cuenta propia. Ambos, eso sí, contaron con evaluación médica periódica, porque —insisten los investigadores— sin corazón sano no hay cerebro sano. Los vasos sanguíneos que irrigan el pensamiento se deterioran con la hipertensión, la diabetes y el cigarrillo, y esa es una pelea que se da en el consultorio del clínico, no en el del neurólogo.

“La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales.”Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI

Los resultados que se presentaron en Buenos Aires son alentadores, aunque nadie vende humo. Quienes participaron en la intervención más estructurada mostraron una mejora en la cognición global al cabo de dos años, un dato relevante porque la mayoría de los estudios previos sólo habían demostrado que se podía frenar el deterioro, no mejorarlo. Además, el 80 por ciento de los voluntarios tuvo una adhesión moderada o alta al programa, y el 84,9 por ciento completó la evaluación final, cifras altas si se piensa en un ensayo de larga duración con personas mayores, donde los abandonos suelen ser la norma.

Ahora bien, y acá viene la advertencia que los propios investigadores se encargan de repetir: estos resultados no significan que una rutina saludable garantice evitar la demencia. No estamos ante una promesa mágica ni ante una receta que anule el riesgo. Lo que muestra LatAm-FINGERS es que un enfoque integral, sostenido en el tiempo y pensado para los contextos reales de nuestra región, puede marcar una diferencia mensurable en cómo envejecemos cognitivamente. Para una generación que entró a los sesenta con más años por delante que nunca, esa diferencia no es un detalle: es, probablemente, la mejor inversión en calidad de vida que podamos hacer hoy, con lo que ya tenemos a mano.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana

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