En el Cerro Bayo, una caída que habla de lo que no se ve cuando se sale de pista
Mirko Luqe, referente del snowscoot y el snowbike en la Argentina, terminó en la nieve polvo después de un descenso fuera de balizado. Salió entero, pero el episodio dejó al descubierto lo que los guías saben mejor que nadie: en la montaña no cuidada, lo primero siempre es el otro.
Vine a buscar a Mirko Luqe hasta la base del Cerro Bayo en una mañana en la que la cordillera neuquina parecía decidida a no dar tregua. Lo encontré acomodando su snowscoot contra una pared del refugio, todavía con la respiración algo agitada y la sonrisa enorme del que sabe que se acaba de salvar de casualidad. Había bajado por una línea fuera de pista que conoce de memoria y, en uno de los tramos de nieve polvo más profundos, la tabla trasera se le fue de lado. Varios metros de pendiente, polvo en la cara, golpe seco contra el manto blanco. Ileso. Pero con una historia que, me dijo, le servía para volver a recordar lo que cada vez que sale repite como un mantra.
Dos ruedas, un esquí y una tabla
Antes de meternos en lo que pasó, vale la pena entender con qué se cayó. El snowscoot y el snowbike son, para explicarlo rápido, una bicicleta de mountain bike o una BMX a la que le cambian la rueda delantera por un esquí corto y la trasera por una tabla tipo snowboard. El rider se para como si pedaleara, pero en realidad va apoyado y deslizándose, sin cadena ni transmisión. La sensación, cuentan los que lo practican, es una mezcla rara entre andar en bici y tirarse en tabla: el cuerpo pide pedalear, pero la nieve no se lo permite.
Eso obliga a leer el terreno con el cuerpo entero. En nieve compactada, dentro de pista, un buen rider se maneja con los ojos cerrados. En nieve polvo profunda, en cambio, cada metro es distinto: la tabla se hunde, la velocidad cambia, el centro de gravedad se corre. No es un deporte para improvisados, y mucho menos para salidas solitarias en zonas no balizadas.
Lo que dice el protocolo cuando alguien cae
Después del susto, mientras me contaba cómo había sido la rodada, Luqe se detuvo en un punto que no tenía que ver con él sino con el grupo. Lo dijo con una calma que me llamó la atención, porque recién se había pegado un golpe fuerte: lo primero que hay que hacer cuando alguien cae fuera de pista es frenar, ubicar al compañero con la vista o con la voz y, si no responde, acercarse para ver cómo está. Suena elemental, pero en la nieve profunda la lógica cambia. Una persona que queda boca abajo en polvo suelto puede hundirse y dejar de respirar en minutos. No es un detalle menor.
El Cerro Bayo, con su mezcla de pistas ordenadas y bowls de nieve virgen que miran hacia el lago Nahuel Huapi, es de esos lugares donde la tentación de cruzar la línea es grande. Luqe lo sabe, lo practica y, sin embargo, fue él mismo el que terminó recordándome que la montaña no perdona los descuidos. Cuando le pregunté qué se llevaba de la caída, se quedó pensando unos segundos antes de responder, con esa seriedad que aparece cuando alguien sabe que zafó de milagro.
“La próxima vez que vea a uno tirado en la nieve, voy a acordarme de que estuve ahí yo primero. Eso no se olvida.”Mirko Luqe, rider de snowscoot y snowbike
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