Vivir en alerta: cuando el cuerpo no apaga el interruptor y el día a día se vuelve una trampa silenciosa
Despertares a las tres de la mañana, olvidos inexplicables y una irritabilidad a flor de piel pueden ser la cara visible de un estado de alerta sostenido que la rutina no alcanza a disimular. Especialistas consultados y estudios recientes coinciden en que el estrés crónico deteriora el sueño, la concentración y el ánimo, y que detectarlo a tiempo marca la diferencia entre una mala semana y un desgaste que se cronifica.
A María Inés la conocí un martes a la mañana, en un café de Palermo, y lo primero que me dijo, antes de sentarse, fue que tenía la sensación de no haber dormido nunca del todo bien en los últimos dos años. Cuarenta y siete años, dos hijos adolescentes, un trabajo full time en una empresa de logística y un marido que viaja cada quince días por el interior del país. María Inés no llegó a la entrevista como quien llega a una consulta: llegó como quien llega a una confesión. Me contó que se despierta a las tres de la mañana, mira el techo, da vueltas en la cama y a las siete suena el despertador como si recién se hubiera acostado. Me dijo también que el mes pasado, en una reunión con su jefa, se quedó a mitad de una frase y no pudo recordar qué iba a decir. Y que el domingo, cuando su hija menor le preguntó si podía ir a un cumpleaños, ella saltó como si le hubieran tirado un balde de agua fría. Cuando le pregunté si había ido al médico, me miró con una mezcla de vergüenza y hartazgo: "Fui dos veces y me dijeron que estoy estresada. Pero uno se acostumbra a estar estresado y deja de notarlo".
La frase de María Inés resume, casi sin saberlo, lo que los manuales de salud pública vienen repitiendo hace rato: hay una diferencia enorme entre pasar una semana difícil y vivir en alerta permanente, y la segunda situación es mucho más difícil de detectar, porque la rutina puede seguir funcionando como si nada mientras el cuerpo y la mente ya están operando al límite.
Qué dice la ciencia sobre el cuerpo en alerta
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, conocidos por su sigla CDC, llevan años advirtiendo que el estrés sostenido en el tiempo puede provocar dificultades para dormir, problemas de concentración, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones. Lo interesante es que esos síntomas casi nunca aparecen juntos ni de manera evidente: se presentan dispersos, como pequeñas molestias que uno va archivando en el cajón de "ya se me va a pasar".
Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology, que analizó 45 revisiones y más de dos mil estudios sobre el tema, encontró que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, especialmente en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. Otro trabajo, publicado en 2024 en la revista Neurobiology of Stress, fue un paso más allá y señaló que la exposición prolongada a este tipo de estrés puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta. En criollo: cuesta más recordar, cuesta más adaptarse a un cambio y cuesta más no reaccionar de más.
Leah Doane, profesora de Psicología de la Arizona State University, lo explicó de una manera que me pareció muy gráfica: el problema aparece cuando la respuesta de estrés no logra apagarse, como un motor que queda encendido en punto muerto. A partir de ahí, dijo, el cerebro empieza a administrar mal recursos básicos, y tareas que antes eran automáticas, como organizar el día, recordar un nombre, priorizar pendientes o responder con calma frente a un imprevisto, empiezan a consumir una energía que antes ni se notaba.
Las señales que conviene mirar, aunque parezcan menores
- Despertarse de golpe en la madrugada, sobre todo entre las dos y las cuatro, sin un motivo claro y con dificultad para volver a dormirse.
- Perder el hilo de una conversación a mitad de una frase o no recordar qué se iba a decir al otro lado del teléfono.
- Reaccionar con una intensidad fuera de lo habitual ante contratiempos chicos, como un corte de luz, un mensaje fuera de contexto o un trámite que se demora.
- Sentir cansancio apenas suena el despertador, aun habiendo dormido las horas que uno cree que duerme.
- Notar que cuesta concentrarse en tareas que antes eran simples, como leer un informe, seguir una película o completar un trámite en la web.
- Irritarse con personas cercanas sin poder explicar bien por qué, y después arrepentirse.
- Tener la sensación de estar siempre a punto de explotar, aun en contextos que no lo justifican.
Uno de los motivos por los que este cuadro pasa tan desapercibido es que la continuidad de la rutina funciona como una pantalla que tapa todo. Alguien puede seguir llegando a horario al trabajo, respondiendo mensajes a tiempo y cumpliendo con los compromisos de siempre, mientras convive con un sueño fragmentado, una memoria cada vez más despistada y una tolerancia a la frustración que se va achicando día a día. Por eso, cuando finalmente alguien se anima a consultar, suele sentir que tiene que justificar por qué está ahí, como si tuviera que demostrar que le pasa algo serio.
En los últimos tiempos se puso de moda, sobre todo en redes sociales y en espacios ligados al bienestar, el término "modo supervivencia", que se usa para describir justamente este estado de alerta sostenido. No es un diagnóstico clínico, ni reemplaza una consulta médica, pero puede servir como una forma de ordenar señales que, tomadas por separado, parecen insignificantes. Lo que importa, en definitiva, no es tanto el nombre que le pongamos, sino el patrón: dormir cada vez peor, con despertares nocturnos y sensación de no descansar; tener la cabeza nublada, con olvidos cada vez más frecuentes; y reaccionar cada vez con menos margen frente a las cosas cotidianas.
Antes de irme del café, le pregunté a María Inés qué le diría a alguien que reconoce varias de esas señales en su propia vida. Pensó un segundo, dio un sorbo al cortado que ya se había enfriado y me contestó, mirándome fijo: "Le diría que vaya al médico antes de que el cuerpo le pase la factura". Yo no podría haberlo dicho mejor.
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