Un museo de adobe y silencio que se esconde en la quebrada jujeña
Lucio Boschi levantó con sus propias manos un espacio dedicado a la fotografía latinoamericana en la Quebrada de Huichaira. No puso un solo cartel en la ruta, y eso, lejos de alejar al público, terminó por atraerlo.
A 2.700 metros de altura, sobre la ruta 9, casi en frente de Tilcara, la Quebrada de Huichaira se abre como una herida clara entre los cerros de la Puna jujeña. Ahí, sin un solo cartel que lo anuncie desde el camino, funciona desde hace más de una década un museo dedicado por entero a la fotografía argentina y latinoamericana. Me bajé del remise una mañana de julio, con el aire seco cortando la garganta, y lo primero que vi fue una construcción de adobe que parece crecer de la montaña, como si la montaña misma la hubiera parido. Adentro, en penumbras tibias, un señor de barba canosa y sonrisa ancha me esperaba con un mate en la mano. Se llama Lucio Boschi, tiene 60 años y es el fundador del Museo Entre los Cerros, conocido en la zona simplemente como el MEC.
Boschi nació en la provincia de Buenos Aires, pero hace más de veinte años que eligió vivir en el norte. Me contó que llegó a la Quebrada siguiendo el curso del río Huichaira, casi por intuición, y que se quedó cuando una formación rocosa particular le cruzó la vista como una revelación. Compró un terreno, levantó primero una casa de barro para él y, con los años, fue extendiendo los muros hasta construir el museo. La técnica del adobe, me explicó mientras caminábamos por las salas, no fue una elección estética sino una manera de habitar el paisaje: deja entrar la luz de forma tamizada y hace que el entorno se vuelva parte de la obra que uno está mirando.
Una colección armada a base de cartas y de confianza
La colección permanente del MEC reúne piezas donadas por algunos de los nombres más importantes de la fotografía regional. Hay obra de Marcos López, de Graciela Iturbide, del maestro cusqueño Martín Chambi, de Alessandra Sanguinetti, de Irina Werning y de Rodrigo Abd, entre muchos otros. Le pregunté a Lucio cómo había logrado que todos le dijeran que sí, y me respondió con una modestia que me desarmó: les escribió cartas a mano a colegas y a contactos que había cultivado durante años de trabajo internacional en galerías y bienales. La mayoría ni siquiera lo conocía en persona, pero le respondieron igual. El museo existe, en buena medida, porque una red de fotógrafos decidió confiar en un proyecto sin presupuestos oficiales ni sponsors a la vista.
Sin publicidad, a propósito
Al principio, me dijo Boschi, no iba nadie. La decisión de no señalizar el museo en la ruta no fue un descuido ni una limitación de presupuesto: fue una convicción. Quería que el público lo descubriera por cuenta propia, como quien encuentra una vertiente de agua en medio del cerro. Los primeros visitantes fueron los chicos de la escuela rural de al lado, que cruzaban la quebrada a caballo. Después vinieron guías de turismo locales, grupos de fotógrafos que se pasaban la voz entre ellos y, más tarde, curadores y directores de museos internacionales de primer nivel que se acercaron casi de incógnito. Hoy el MEC recibe visitantes de todo el país y también del exterior, y sigue sin tener un cartel en la ruta 9.
“La publicidad más grande que tiene este museo es la gente que sale de acá y cuenta lo que vio. Si alguien tiene que venir porque lo vio en un cartel, quizá no era el público que estábamos buscando.”Lucio Boschi, fundador del Museo Entre los Cerros
Más que una sala de exposición
- Biblioteca especializada abierta a investigadores y estudiantes de fotografía.
- Talleres y residencias artísticas para fotógrafos de la región y de afuera.
- Programa gratuito de formación orientado a jóvenes de las provincias que no tienen acceso a espacios de capacitación.
- Actividades comunitarias que funcionan como punto de encuentro para los vecinos de la Quebrada de Huichaira.
Antes de irme le pregunté a Lucio qué le diría a alguien que está pensando en visitar el MEC por primera vez. Me dijo que vaya con tiempo, sin apuro, porque las salas tienen bancos para sentarse, la luz cambia a lo largo del día y el ritmo del lugar invita a caminar despacio. La referencia más práctica para llegar, me insistió, es la ruta 9 desde Tilcara, porque el GPS suele no estar actualizado en los últimos trechos de los caminos del cerro. Y me dejó una última frase, mientras cebaba otro mate y señalaba con el dedo la línea del horizonte: este museo no se hace solo con paredes, se hace con la gente que se queda un rato largo mirando los cerros. ¿Conocés algún otro espacio cultural escondido en un lugar inesperado del país que valga la pena conocer?
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