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JUE, 10 SEPT 2026
Vida

La moda de los cuartos sin alma: cuando la cámara decide cómo vivís tu propia adolescencia

Adolescentes que crecieron entre selfies y TikTok rediseñan su habitación como si fuera un set: paredes neutras, cama prolija y luces que iluminan más a la audiencia que al dueño del cuarto. Especialistas consultados por este portal coinciden en que la intimidad cede terreno frente al veredicto de desconocidos, y que ese corrimiento cambia hasta la manera de equivocarse.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana · 10 DE SEPT DE 2026 · lectura 3 min

Me acuerdo de Carolina, una pibe de dieciséis años que conocí mientras preparaba esta nota: cuando le pregunté qué había en su pieza, se quedó pensando y me dijo, casi sorprendida, que ya no tenía casi nada pegado en la pared. Antes había estado lleno de fotos, recortes de bandas y entradas de recitales; hoy, un par de tonos beige, una tira de luces cálidas y una cama que se hace todos los días como si esperara una visita. La transformación no fue de un día para el otro, sino una mudanza silenciosa que, según me contó, se fue acomodando sola, casi sin darse cuenta, a medida que empezó a filmar su rutina para subirla a las redes.

Hace dos décadas, entrar al cuarto de un adolescente era enfrentarse a un territorio propio: pósteres pegados con cinta, ropa sobre la silla, libros en el piso y algún diario íntimo bien escondido. El desorden era parte del ambiente, una señal de que ese espacio pertenecía a alguien que lo estaba usando para crecer, con todas las torpezas y hallazgos que eso implica. Hoy, en cambio, esos mismos cuartos suelen parecerse bastante entre sí: paredes de tonos neutros, camas perfectamente tendidas y tiras de luces que funcionan como reflectores improvisados para cualquier video improvisado.

De refugio a decorado

Lo que cambió no es que los adolescentes se hayan vuelto más ordenados de la noche a la mañana, sino que la pieza dejó de ser un refugio para volverse, en muchos casos, un decorado. La presencia constante de una audiencia digital, incluso cuando nadie está mirando, modificó la forma en que los jóvenes habitan su propio espacio. La personalidad no desapareció, pero se retiró del plano físico: ya no hace falta acumular objetos para demostrar quién se es, porque la identidad se construye y se exhibe en otro lado, en la pantalla.

El sociólogo Erving Goffman describió hace décadas una distinción entre el frente de escena, donde las personas sostienen una imagen ante los demás, y el espacio privado donde es posible descansar del personaje, ensayar identidades y equivocarse sin público. La habitación adolescente cumplía históricamente esa segunda función: la puerta cerrada era un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno. Cuando ese umbral se vuelve poroso, porque cualquier rincón puede terminar grabado, el laboratorio de exploración personal se transforma en una continuidad del escenario.

“La intimidad adolescente pierde terreno frente a la aprobación de desconocidos, y el margen de imperfección se reduce cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente.”Lectura compartida por especialistas consultados por este portal

Lo más significativo es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. La sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y comentado modifica el comportamiento: inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden y empuja hacia una estandarización que se ve en miles de habitaciones espalhadas por la red. Ya no es la mirada de los padres la que ordena el espacio, sino la de una audiencia invisible e internalizada que igual termina condicionando qué se deja a la vista y qué se esconde.

La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta que dejan estos cuartos despojados es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se vuelve una extensión del escenario. Carolina me lo resumió sin proponérselo, mientras se acomodaba el flequillo frente al espejo de la pieza beige: Acá termino haciendo para los demás todo el tiempo, aunque no esté grabando. Esa frase, más que cualquier dato, es la que me quedó dando vueltas cuando cerré la libreta.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana

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