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SÁB, 10 OCT 2026
Vida

Imágenes falsas con inteligencia artificial: el caso de Lomas de Zamora que dejó al descubierto el daño invisible en adolescentes

Cuatro alumnos de un colegio de Lomas de Zamora son investigados por crear y distribuir fotos sexuales manipuladas de sus propias compañeras. La Justicia ya allanó domicilios y las víctimas relataron vergüenza, miedo y una angustia que no se calma por saber que el material no es real.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana · · lectura 5 min
Imágenes falsas con inteligencia artificial: el caso de Lomas de Zamora que dejó al descubierto el daño invisible en adolescentes

Me acuerdo de la primera vez que una adolescente me dijo, mirándome fijo, que le daba vergüenza algo que ella misma sabía que era falso. Esa frase, que parece contradictoria, la dijo Valentina, una de las alumnas del colegio secundario de Lomas de Zamora que terminó envuelta en una causa judicial que hoy tiene a cuatro compañeros suyos bajo la lupa. La escuché mientras trabajaba en esta nota y se me quedó pegada, porque describe mejor que cualquier explicación técnica lo que está pasando con las imágenes generadas con inteligencia artificial: la falsedad del archivo no borra el daño que provoca en quien aparece en él.

Una escuela bajo sospecha

El episodio ocurrió en un establecimiento de Lomas de Zamora, en el sur del conurbano bonaerense. Cuatro menores, todos estudiantes del mismo colegio, son investigados por la presunta producción y distribución de imágenes sexuales falsas elaboradas con herramientas de inteligencia artificial. La Justicia los considera partícipes necesarios de un hecho que, técnicamente, se encuadra como producción y distribución de material de abuso sexual infantil, una figura legal que contempla justamente los casos en los que se manipula la imagen de menores con fines de explotación, más allá de si la foto original es real o no.

La causa avanzó con allanamientos ordenados por el juez de Garantías del Joven N.º 1 de Lomas de Zamora, donde se secuestraron dispositivos electrónicos que ahora son peritados. En paralelo, el juzgado dictó una medida de cese de hostigamiento y pidió que se garantice que las víctimas y los acusados no compartan espacio en la escuela. Los cuatro alumnos investigados pasaron a tomar clases de manera virtual.

Cómo se fabricaron las imágenes y por qué duelen igual

Lo que reconstruí a partir del expediente y de los testimonios que recogí es un mecanismo que ya se repite en distintos puntos del país. Los adolescentes involucrados tomaban fotos reales de sus compañeras, publicadas por ellas mismas en perfiles abiertos de redes sociales, y las usaban como base para que una aplicación de inteligencia artificial las transformara en imágenes de contenido sexual. El resultado se difundía en grupos digitales cerrados, con indicios firmes de que también circuló por plataformas de mensajería instantánea.

Pero acá viene lo más difícil de explicar, y lo que a mí, como periodista, más me cuesta procesar: las víctimas saben que esas imágenes no son reales. Saben que nadie las vistió así, que nadie las tocó, que la foto fue armada por un programa. Y aun así, varias de ellas me relataron, en off y con la voz quebrada, sentimientos de asco, vergüenza y un miedo que las paralizó durante días. Una de ellas me dijo que tardó casi una semana en contarles a sus padres porque no quería que la vieran de esa manera, aunque entendiera perfectamente que era una mentira tecnológica. Esa contradicción, insisto, es el corazón del tema.

El silencio de la escuela y la reacción de las alumnas

Cuando las chicas descubrieron lo que estaba pasando, fueron ellas las que dieron el primer paso: hablaron con autoridades del colegio. Y acá aparece otro punto crítico. Las adolescentes afectadas coinciden en que la respuesta institucional fue lenta y, en los primeros días, tibia. Recién después de varias reuniones y de que el caso tomara estado público, la dirección organizó jornadas de diálogo con tutores y equipos de orientación. Para cuando eso ocurrió, varias de las chicas ya habían decidido no pisar el colegio por un tiempo.

Frente a eso, las propias alumnas tomaron la calle. Organizaron una protesta que se replicó en redes sociales y que terminó convocando a chicos y chicas de otros establecimientos que reconocieron haber pasado por situaciones similares. Los videos de la marcha circularon y se multiplicaron los testimonios: una oleada de relatos de chicas que, en silencio, habían cargado con lo mismo sin saber que no estaban solas.

Preguntas que deja el caso y que preocupan a familias y escuelas

Lo que más me llevo de esta historia, y lo que creo que cualquier padre o madre tiene que llevarse, es que la vulnerabilidad no necesita imágenes reales para producir un daño psicológico profundo en una adolescente. A partir del caso y de lo que me plantearon docentes y equipos de orientación, quedan algunas preguntas concretas para repensar la vida cotidiana digital de los chicos:

  • Que en la mayoría de los casos las fotos originales salieron de perfiles públicos de redes sociales, lo que vuelve urgente revisar qué se publica y con qué configuración de privacidad, incluso cuando parece "inocente".
  • Que la Justicia avanzó rápido en allanamientos y peritajes, pero la respuesta de la escuela tardó, lo que muestra que las instituciones educativas todavía no tienen un protocolo claro para este tipo de hechos.
  • Que los cuatro acusados son menores no punibles, lo que limita las herramientas punitivas del Estado y deja en manos de la Justicia de Familia la posibilidad de medidas como el cese de hostigamiento y el cambio de modalidad de cursada.
  • Que el daño que describieron las víctimas (asco, vergüenza, miedo, sensación de exposición) se parece mucho al que producen las imágenes reales y, por lo tanto, debería ser atendido con la misma seriedad por adultos y profesionales de salud mental.
  • Que el fenómeno ya no es excepcional: durante la protesta se conocieron testimonios de chicas de otros colegios que vivieron situaciones parecidas, lo que sugiere que estamos frente a una modalidad de acoso que se extiende en silencio.

Antes de cerrar la nota, vuelvo a la frase que me dejó pensando Valentina. Se la repito tal como me la dijo, con la duda lógica de cualquiera que entiende perfectamente lo que le pasó: "Aunque sé que es falso, me dio vergüenza." Esa frase, dicho sea de paso, también debería servir como alarma para los adultos. Saber que algo es mentira no nos protege del daño que puede hacernos, sobre todo cuando somos chicos y todavía estamos aprendiendo a defendernos de cosas que, hace cinco años, directamente no existían.

VY
Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana

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