Gatos, parásitos y una alerta que también interpela a los humanos: el hallazgo que abrió un debate silencioso
Una investigación sobre más de 157.000 muestras detectó en felinos domésticos variantes de Giardia duodenalis que pueden transmitirse a personas. Qué dice el estudio, por qué los gatos jóvenes son los más expuestos y qué mirar en casa sin entrar en pánico.
Cuando la investigadora principal del trabajo hojeó las primeras planillas del laboratorio, imagino que se topó con una cifra que la obligó a detenerse: de los casi 158.000 gatos analizados, más de 9.900 daban positivo para Giardia duodenalis, un protozoo intestinal conocido pero no por eso menos inquietante. Lo que vino después confirmó esa primera sensación. No todas las infecciones eran iguales. Una parte de esos gatos, concretamente 1.840, portaba las variantes genéticas A y B, las mismas que aparecen en seres humanos y en otros mamíferos. Y esa coincidencia, lejos de ser un detalle técnico, es lo que convierte al estudio en una señal de alerta para quienes conviven con felinos.
El trabajo, publicado en la revista PLOS One, revisó registros de un laboratorio comercial de referencia que recibe muestras de 49 estados de Estados Unidos y cinco provincias canadienses, recogidas entre marzo de 2022 y agosto de 2023. La escala del relevamiento es inusual: 157.616 muestras fecales de gatos domésticos, una cantidad que permite hablar con bastante firmeza sobre patrones de prevalencia. La cifra global, ese 6,3 por ciento de positivos, puede sonar moderada, pero al desagregarla por edad la foto cambia. Los gatos menores de un año alcanzaron una tasa de infección del 10,7 por ciento, contra apenas el 1,3 por ciento en los adultos. Entre los jóvenes infectados, casi uno de cada cinco portaba las variantes A o B.
Por qué los cachorros concentran la mayor cantidad de casos
Hay una explicación que los investigadores repiten y que cualquier persona con un gato en casa puede intuir. Los animales más jóvenes suelen compartir espacios con sus hermanos de camada, explorar superficies con el hocico y lamer todo lo que encuentran a su paso. A eso se suma un sistema inmunitario que todavía está aprendiendo a defenderse. El resultado es esperable: donde hay más contacto y menos defensas, el parásito encuentra la puerta más abierta. La mayoría de los gatos positivos, vale aclararlo, portaba el ensamblaje F, una variante con afinidad casi exclusiva por los felinos y que no representa el mismo riesgo para las personas. La preocupación se concentra en ese 18,5 por ciento que sí lleva consigo las versiones zoonóticas del protozoo.
Qué hacer en casa cuando hay un gato
El diagnóstico se realiza mediante un examen coproparasitario o, con mayor precisión, a través de técnicas moleculares como la PCR, que detecta el ADN del parásito en la materia fecal. Para los hogares donde vive un felino, los especialistas insisten en medidas que suenan conocidas pero que muchas veces se olvidan en la rutina: lavado frecuente de manos después de limpiar la bandeja, mantener los espacios donde descansa el animal limpios y secos, y consultar al veterinario ante cualquier cambio en las deposiciones o en el estado general del animal. La detección temprana, coinciden los investigadores, sigue siendo la herramienta más eficaz para cortar el circuito de transmisión.
Lo que más me interesa de este tipo de estudios, y se lo voy a confesar al lector, es que nos recuerda algo que solemos pasar por alto: la frontera entre lo humano y lo animal es porosa, permeable, atravesada por microorganismos que no leen manuales de convivencia. Tener un gato en casa no es un riesgo sanitario en sí mismo, ni muchísimo menos, pero sí es una responsabilidad que empieza por informarse y sigue por prestar atención. Como suelen decir los veterinarios consultados en este tipo de investigaciones, el mejor escudo contra cualquier parásito compartido sigue siendo el conocimiento compartido.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Corriente Rioja