Cuando un mensaje corto se vuelve una novela: cómo dejar de inventar lo que la pareja no dijo
Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño sostienen que la sobreinterpretación de chats y silencios se alimenta de viejas heridas y de la ansiedad. Proponen volver a los hechos, preguntarse qué se siente en lugar de qué quiso decir el otro y abrir el diálogo antes de que las conjeturas se transformen en conflicto.
Me acuerdo de la primera vez que me quedé mirando un chat durante más tiempo del que me duró la merienda. Eran las siete de la tarde de un martes, mi pareja había contestado un «ok» a algo que yo había mandado con una sonrisa en el teclado y, sin que mediara ninguna otra cosa, ese «ok» empezó a crecer dentro de mi cabeza como una bola de nieve que rodaba por una pendiente. Yo estaba en la cocina, con la pava silbando, y ya había decidido que aquel monosílabocontrataba una crisis existencial de la que yo era, claro, la protagonista principal. No había pasado nada. O, mejor dicho, lo que había pasado era que yo había decidido que pasaba algo. Esa escena, multiplicada por miles de teléfonos en miles de cocinas argentinas, es exactamente el punto del que parten las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño cuando hablan de la sobreinterpretación de mensajes en la pareja.
Los hechos por un lado, las suposiciones por el otro
Para la neuropsicóloga Karina Carreño, la primera tarea es bien concreta y tiene la pinta de esos cortes que uno aprende en la primaria: separar lo que efectivamente pasó de lo que uno imagina que pasó. Que la otra persona haya respondido con pocas palabras es un dato verificable, un hecho, algo que se puede señalar con el dedo sobre la pantalla. Que esté enojada, ofendida, distante o enfriando el amor de su vida ya es otra cosa, es una interpretación, una conjetura, una hipótesis que armamos en el living sin pedirle permiso al dueño de la cabeza. Carreño propone regular esa ansiedad, que suele dispararse como un alerta en el celular del cuerpo, y conversar para aclarar las dudas en lugar de dar por cierta una intención que todavía no conocemos.
Ahí aparece otra idea que las dos especialistas remarcan con bastante énfasis y que, si me lo permiten, me parece la más difícil de aplicar en la vida real: aprender a convivir con respuestas que no llegan en el momento justo. No siempre vamos a tener la explicación en el instante exacto en que la inquietud aparece. A veces la otra persona está manejando, está en una reunión, está atendiendo a un chico, está leyendo y contestará cuando pueda. La paciencia, en este tema, no es un consejo de autoayuda barato: es una herramienta concreta para no alimentar el fantasma.
“La comunicación directa permite obtener información que el análisis de una pantalla no ofrece. Preguntar ayuda a disminuir la incertidumbre y la reacción de alerta.”Karina Carreño, neuropsicóloga
Dejar de espiar el chat y mirar qué nos pasa a nosotros
La psicóloga Marina Mammoliti le da a esta cuestión una vuelta de tuerca que me resulta muy lúcida y algo incómoda, porque pone el espejo de frente. En lugar de quedarse tratando de descifrar lo que quiso decir el otro con un punto y coma o con la ausencia del mismo, sugiere mirar para adentro y preguntarse qué nos está pasando a nosotros frente a ese silencio o esa respuesta corta. Es un cambio de foco que parece chico pero no lo es: pasamos de intentar leer la cabeza del otro a reconocer la nuestra, que es la única que tenemos a mano. Esa pequeña mudanza interna forma parte de sus recomendaciones para interrumpir la lectura constante de la conversación y volver a un terreno donde se pueda hablar sin intermediarios.
Ahora bien, si todo fuera tan sencillo como una lista de buenas intenciones, no estaríamos hablando de esto. ¿Por qué cuesta tanto ponerlo en práctica? Carreño lo explica de una manera que me hizo pensar en esos rompecabezas que uno completa con las piezas que tiene a mano, aunque no sean las correctas. Cuando falta información sobre lo que siente o piensa el otro, el cerebro intenta anticipar y completa los huecos con lo que encuentra a mano: experiencias anteriores, miedos, inseguridades. Entonces una demora de veinte minutos se pega un salto al vacío y termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento firme que permita sostener esa conclusión. Es un acto creativo, pero no artístico: es más bien defensivo, y por eso se hace en piloto automático, sin que uno lo decida.
Mammoliti, por su parte, señala que las experiencias dolorosas también dejan una huella en la manera de leer las conductas de la pareja. Una necesidad genuina de estar a solas un rato puede ser leída como indiferencia si existe miedo al abandono. La inseguridad, la baja autoestima o los antecedentes de infidelidad funcionan como combustible extra para esa búsqueda de confirmaciones que muchas veces termina en intentos de controlar al otro, justamente a la persona a la que se le tiene más miedo de perder. El desgaste, claro, llega cuando esas conjeturas empiezan a manejar las respuestas: discusiones por situaciones que nunca ocurrieron del todo y pedidos reiterados de seguridad que van erosionando la confianza que supuestamente quieren proteger.
Volver al hecho, volver al diálogo
La propuesta que ambas especialistas coinciden en sostener es bien terrenal y no requiere aplicaciones especiales ni frases mágicas aprendidas en videos de redes sociales. Hay que volver a los hechos, que son los únicos que se pueden mirar de frente sin que se muevan, y abrir el diálogo antes de que las conjeturas se terminen de instalar. Como me dijo Karina Carreño al cierre de nuestra conversación, y con una frase que me parece guardar para los días de chat complicado, la comunicación directa siempre va a dar más información que cualquier pantalla en silencio.
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