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MAR, 06 OCT 2026
Vida

Cuando lo que vemos o creemos se mueve sin aviso: las señales que merecen una consulta médica

Distorsiones visuales, cambios en la percepción del cuerpo o creencias firmes que alteran la vida cotidiana pueden responder a causas neurológicas, psiquiátricas o clínicas. Un recorrido por las experiencias que justifican pedir una evaluación profesional y por el camino que sigue esa consulta.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana · · lectura 4 min
Cuando lo que vemos o creemos se mueve sin aviso: las señales que merecen una consulta médica

Cuando María vio por primera vez un regimiento de enanitos amarillos desfilando por el pasillo de su casa, lo primero que pensó fue que se estaba volviendo loca. Tenía 78 años, una maculopatía diagnosticada hacía cinco y una vida entera tejiendo a crochet en el mismo sillón del living. "Yo sabía que no estaban ahí -me cuenta todavía con la sonrisa nerviosa de quien revive un momento raro-, pero los veía igual, chiquitos y prolijos, como de cuento". Lo que le pasaba a María tiene nombre clínico: síndrome de Charles Bonnet, una condición que aparece en personas con pérdida de visión significativa y que produce alucinaciones visuales complejas, casi siempre nítidas y coloridas, que el paciente reconoce como irreales. No es un cuadro psiquiátrico, no es demencia, y suele mejorar cuando se trata la causa oftalmológica de base. La historia de María es, en buena medida, la puerta de entrada para entender por qué ciertos cambios en la percepción merecen una consulta médica y por qué no se pueden leer de manera liviana.

Lo que se ve, se siente o se cree forma parte de un mapa clínico delicado, donde una misma experiencia puede tener orígenes muy distintos. La psiquiatría y la neurología trabajan hace décadas para separar lo que es una distorsión -que modifica algo que existe-, una alucinación -que agrega algo que no está- y un delirio -que es una creencia fija que se sostiene aunque la evidencia la desmienta-. Esa distinción, que parece técnica, es la que define después qué profesional interviene, qué estudios se piden y qué tratamiento se piensa.

Las experiencias que justifican pedir una evaluación

No hace falta tener un diagnóstico a mano para decidir que algo merece ser mirado por un profesional. Los cambios repentinos en la visión, las distorsiones persistentes del tamaño de los objetos o las sensaciones físicas sin causa clara son motivos suficientes para sentarse en un consultorio. También lo son las creencias firmes sobre la salud propia o sobre las personas cercanas que generan un malestar intenso y empiezan a deteriorar los vínculos de todos los días. El punto de partida no es ponerle nombre, sino reconocer que la experiencia modifica la rutina y que esa modificación merece atención.

  • Distorsiones visuales: sentir que una habitación se encogió o se agrandó, que los objetos cambian de tamaño o se alejan y acercan sin razón aparente.
  • Alucinaciones visuales complejas, como figuras que nadie más ve, en personas con pérdida de visión importante.
  • Creencias fijas que no se modifican con la evidencia, como sentirse reemplazado, transformado o convencido de que alguien del entorno es un impostor.
  • Celos delirantes: no son los celos comunes de pareja, sino una convicción inamovible de infidelidad que organiza la vida cotidiana alrededor de esa idea.
  • Sensaciones en la piel o debajo de ella, como bichos caminando, que requieren descartar antes que nada una infestación real o causas médicas como déficits vitamínicos, problemas de tiroides, infecciones o consumo de sustancias.

Dentro de ese listado hay situaciones menos conocidas pero igualmente definidas. El llamado síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, por ejemplo, puede alterar la percepción del tamaño del cuerpo, de los objetos o del paso del tiempo. Una revisión de 169 casos publicada en la literatura médica encontró que la migraña era la causa más frecuente en adultos, mientras que en menores de 18 años predominaban las encefalitis. Es un cuadro raro, pero existe, y suele aparecer en contextos clínicos que los profesionales saben cómo rastrear.

Por qué la evaluación profesional es irreemplazable

Lo que se observa desde afuera puede parecer un capricho o un comportamiento volontaire, y ahí está uno de los riesgos más grandes. Una persona que está convencida de que su pareja fue reemplazada por un impostor no está eligiendo pensarlo: lo vive como una verdad que organiza sus días. Lo mismo vale para quien siente que no existe, que se transformó en un animal o que tiene organismos bajo la piel. Ninguna de esas experiencias se interpreta como una conducta voluntaria, y ninguna se resuelve con un sermén ni con un "no diga pavadas". El camino empieza por una evaluación que considera los antecedentes, el contexto y el conjunto de manifestaciones, y que puede incluir exámenes neurológicos, cognitivos y, cuando la presentación es atípica, estudios de neuroimagen para descartar otras causas.

Me llevo de estas conversaciones una idea que vale la pena repetir: no hay que esperar a entender lo que nos pasa para pedir ayuda. María, la mujer del principio, tardó casi tres meses en contarle a su médica de cabecera lo que veía. Cuando lo hizo, el alivio fue tan grande que todavía se ríe de los enanitos amarillos. "Lo peor no era verlos -dice-, lo peor era creer que me estaba volviendo loca sola en mi casa". Esa frase, me parece, condensa lo que muchas personas sienten antes de animarse a la consulta: el miedo al juicio pesa más que el síntoma, y por eso el primer paso suele ser el más difícil.

VY
Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana

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