Cuando el crédito digital se convierte en una trampa: tasas, letra chica y el laberinto de salir adelante
El crecimiento de los préstamos que ofrecen las billeteras virtuales vino de la mano de una morosidad que roza el veinte por ciento. Las condiciones que aparecen en pantalla no siempre coinciden con lo que llega en el extracto, y las familias quedan atrapadas en una bola de nieve que empieza con un monto chico. Defensores del consumidor y funcionarios advierten sobre los derechos que asisten a quien se siente acosado o mal informado, y detallan las herramientas oficiales para empezar a desarmar el problema.
Me lo crucé a Pablo Tomasini una mañana de estas, en la vereda de la Dirección de Protección al Consumidor, y todavía llevaba el termo del café en la mano. Hacía calor en Neuquén y se notaba, porque la gente empezó a acercarse antes de que abrieran la puerta. Tomásini miraba la fila y me decía, casi en voz baja, que lo que más le preocupaba era la cantidad de familias que llegaban con el teléfono en la mano y una captura de pantalla como única defensa. "Esto ya no es un tema de bancos, esto se metió en la cocina de cada casa", arrancó, y a partir de ahí la conversación se fue estirando como una de esas madejas que uno no sabe bien por dónde empezar a desatar.
La escena que describe Tomasini se repite a lo largo del país, con variaciones locales pero con un mismo patrón de fondo. Cubrir el alquiler, la luz o la comida con un préstamo tomado desde una billetera virtual parece a primera vista una salida rápida, casi indolora, porque el dinero aparece en cuestión de minutos y la pantalla muestra una tasa que, a simple vista, no asusta tanto como la de una tarjeta de crédito tradicional. El problema empieza después, cuando llega el extracto, y el usuario descubre que lo que tenía que pagar no es lo mismo que le prometieron al apretar el botón.
Una deuda chica que se vuelve grande sin que uno se dé cuenta
El mecanismo que describe el titular de Protección al Consumidor es bastante repetido y, según me contó con una mezcla de paciencia y hartazgo, no requiere de grandes malabarines contables para que termine mal. La plataforma ofrece una tasa determinada, atractiva incluso, pero la letra chica agrega cargos, comisiones y condiciones que el usuario promedio no llega a leer nunca, entre otras cosas porque la letra, justamente, suele ser chica. Para cuando la persona quiere regularizar la situación, porque se atrasó con una cuota o porque directamente dejó de pagar, la deuda original ya es otra, mucho más pesada, y los intereses se fueron apilando como ladrillos sin que nadie los pasara a buscar.
“Esa deuda que era pequeñita se te va haciendo cada vez más grande producto de los intereses. Cuando te querés acordar, tenés un lío bárbaro.”Fernando Schpoliansky, secretario de Finanzas de la Municipalidad de Neuquén
El trasfondo estructural lo explica Schpoliansky con una crudeza que pega de lleno en la vida cotidiana de cualquiera. Los salarios, las jubilaciones y los ingresos de los trabajadores independientes y de los pequeños comerciantes vienen perdiendo la carrera contra la inflación desde hace años, y la diferencia entre lo que entra y lo que se va se cubre como se puede. En esa ingeniería diaria, las familias argentinas encontraron en el crédito digital una herramienta flexible, casi a la carta, para gastos básicos que antes se resolvían de otro modo. El problema es que, cuando la inflación se come los ingresos y la deuda sigue creciendo a tasas que el propio Estado califica de casi usureras, la salida se vuelve cada vez más angosta y el crédito que iba a solucionar el mes termina definiendo el año entero.
Herramientas concretas para desarmar la bola de nieve
- El Régimen Especial de Refinanciación de Deuda, que ofrece préstamos de hasta cincuenta millones de pesos con una tasa fija anual del 35 por ciento, pensada como una puerta de salida para familias atrapadas en ciclos de intereses que no paran de crecer. Tomasini lo definió, sin dudar, como una tasa "muy accesible, diría blandísima", pensada para que la deuda deje de empujar hacia abajo.
- La posibilidad de presentar denuncias formales ante la Dirección de Protección al Consumidor cuando las empresas de cobranza se extralimitan: llamadas repetidas en horarios inadecuados, amenazas, propuestas abusivas o cualquier conducta que el deudor perciba como hostigamiento. La propia dirección considera esa práctica como no permitida y recomienda guardar capturas de pantalla, mensajes y registros de llamados como prueba.
- La verificación detallada de cada condición contractual antes de aceptar un crédito, incluso cuando la oferta llega por notificaciones push o mensajes dentro de la aplicación, porque las condiciones que aparecen en pantalla no siempre coinciden con lo que efectivamente se cobra después.
El índice de morosidad en Argentina se ubica cerca del veinte por ciento, según los datos que maneja el área, una cifra que multiplica por casi cinco el promedio de los países vecinos de la región, que se mueven entre el cuatro y el cinco por ciento. Para Tomasini, esa diferencia no es sólo un número en un informe: es el termómetro de un problema que empieza en cada hogar cuando alguien toma un crédito para llegar a fin de mes y termina pagando tres veces lo que pidió. "Casi usureras para los ciudadanos", llegó a decir sobre las tasas de las plataformas fintech, y la frase, más allá de lo fuerte, tiene la ventaja de ponerles nombre y apellido a las prácticas que muchos usuarios sufren sin poder ponerles palabras. Una vez que se sale del pozo, la recomendación vuelve a ser la misma que se repite desde hace años y que, por lo que se ve en la fila de la mañana, sigue costando mucho cumplir: no volver a financiar gastos cotidianos con billetera virtual, por más fácil que la plata aparezca en pantalla.
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