Adentro del Malacara: la caminata que se mete en las entrañas de un volcán mendocino
En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, la familia Quezada abrió al público un circuito que recorre dos de las tres cárcavas del cerro y permite entender, paso a paso, cómo se formaron las paredes amarillas y negras que hoy atraen a los visitantes.
Llegué a La Batra una mañana fría de la mano de Beto Quezada, que me recibió con un termo en la mano y la misma calma de quien conoce cada metro de su campo. Después de varias horas de viaje desde la ciudad, uno espera encontrar un cerro y nada más. Pero el Malacara guarda una sorpresa: se puede caminar por adentro. Literalmente. Lo que parece una montaña sólida desde el camino hacia Malargüe es, en realidad, un volcán erosionado al que el agua y el viento le abrieron pasillos, y la familia Quezada decidió abrirle las puertas al turismo hace ya más de dos décadas.
La caminata atraviesa dos de las tres cárcavas que tiene el cerro en su parte alta. Son hendiduras profundas en el terreno, laberínticas, con paredes onduladas que cambian de color a medida que uno avanza: amarillo intenso en algunos sectores, negro volcánico en otros, con vetas que parecen pintadas a mano. Los tres cráteres que coronan el Malacara quedan casi escondidos para quien camina por abajo, tapados por la forma del relieve y por la vegetación que se aferra a las laderas.
Cómo se formó un volcán que se puede recorrer caminando
La clave para entender esos colores la tiene Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, que llegó al lugar en el año 2000 de la mano del propio Beto Quezada. Ella lo explica con una sencillez que desarma: el Malacara nació de la interacción entre el magma y el agua, probablemente de una laguna que estaba en el lugar mucho antes de que el volcán despertara. Ese choque fragmentó la lava y la alteración posterior de los minerales tiñó buena parte de las superficies de amarillo. Cuando el agua se retiró, la erupción siguió su curso y depositó encima los materiales oscuros que hoy se ven como capas superiores. Millones de años después, la erosión se encargo de abrir los pasillos que hoy se transitan a pie.
La advertencia de los guías es clara y hay que tomarla en serio: esos depósitos son frágiles. Al tocarlos se desgranan entre los dedos como si fueran arena húmeda. Por eso la caminata exige ir despacio, mirar mucho y manosear poco. La recompensa es un espectáculo geológico que no se repite en cualquier parte: la luz que entra por las aberturas superiores, el aire frío que circula entre las grietas, el contraste entre el amarillo vivo y el negro profundo.
- Travesía por dos de las tres cárcavas que tiene el volcán en su zona superior.
- Avistaje de la laguna de Llancanelo desde el mirador, en días claros.
- Lectura de los distintos colores de las paredes como si fueran páginas de un libro geológico.
- Recorrido acompañado por guías de la zona vinculados a la familia Quezada.
- Acceso en camioneta por una antigua huella petrolera acondicionada desde 2006.
Del campo ganadero al circuito turístico
El Malacara que se visita hoy es, en buena medida, producto del trabajo silencioso de los Quezada. Durante generaciones ese pedaço de campo al sur de Mendoza se usó para criar animales, hasta que la curiosidad científica de Corina Risso y la decisión familiar lo transformaron en un destino. Las primeras incursiones se hacían a caballo, abriendo senderos entre la vegetación. En 2002, cuando la geóloga presentó sus investigaciones en Malargüe, la familia ya estaba dando los primeros pasos para organizar visitas. Cuatro años más tarde, una vieja huella petrolera se convirtió en el camino de entrada que hoy permite llegar con camioneta y luego con maquinaria para mantenerlo transitable.
“Para mí este cerro siempre fue parte del trabajo de todos los días. Cuando apareció Corina y nos mostró lo que teníamos enfrente, empezamos a pensar en compartirlo.”Alberto “Beto” Quezada, administrador del predio
La propuesta combina tres cosas que no suelen ir juntas: una caminata con cierta exigencia, una lección de geología a cielo abierto y una vista privilegiada del paisaje mendocino. Desde el mirador, en los días despejados, se distingue a lo lejos la laguna de Llancanelo, con su espejo de agua que cambia de tono según la hora. La sensación de estar parado adentro de un volcán y, al mismo tiempo, tener el horizonte a la vista resume bastante bien lo que ofrece este rincón del sur mendocino. Antes de irse, una sola pregunta queda dando vueltas: ¿qué te gustaría conocer durante una visita al interior de un volcán?
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