Sarah Paulson se cruza con Lizzie Borden y la cosa termina como tiene que terminar: con un disparo
La cuarta entrega de la antología de Ryan Murphy le mete a Aileen Wuornos en la casa de los Borden. Lo que muestra la pantalla y lo que efectivamente pasó no siempre coinciden, y acá te lo cuento sinspoilers pero con todas las fichas sobre la mesa.
(Arranco avisando: si no viste la serie, no hay spoiler grosero. Si la viste, tampoco. Lean igual, que para eso estamos.) Sarah Paulson reaparece en el universo de Ryan Murphy, esta vez como Aileen Wuornos, metida de relleno imaginario en el relato de Lizzie Borden. La movida es interesante porque arrastra un caso del siglo XX hacia una historia del XIX, y el truco para entenderla es no confundir lo que pasó con lo que el guion decide que pase.
Primero, los datos duros de Wuornos
Aileen Wuornos fue condenada por seis asesinatos cometidos en Florida entre 1989 y 1990. Confesó haber matado a siete hombres y al principio se defendió diciendo que había intentado repeler ataques o intentos de agresión. Le cayeron seis condenas a muerte y la ejecutaron por inyección letal en 2002, a los 46 años. Eso es lo acreditado, lo que figura en expedientes, lo que puede chequearse.
Después, la parte que la serie se inventa
Acá viene el meollo: no hay una sola prueba de que Wuornos estuviera fascinada con Lizzie Borden, ni de que haya pisado la casa de los Borden, ni de que haya pasado una noche ahí. La serie la manda igual. El cocreador Ian Brennan lo explica a su manera: querían darle al personaje un cierre, aunque no fuera un cierre feliz. Y vaya si lo cumplen: Lizzie se le aparece como una aparición, la acompaña, la recibe después del —perdón, después de la ejecución—.
El punto de contacto entre las dos arranca en el cuarto episodio, cuando la acción se muda a Florida en 1988. Hay un encuentro en la ruta que termina con Wuornos pegándole un tiro a un hombre. Más tarde aparece leyendo un libro sobre Borden con su novia, como quien hojea una novela y de repente ve su propia vida reflejada en la página. En el sexto capítulo la cosa se pone explícita: Wuornos se queda en la casa de los Borden mientras el montaje va intercalando escenas de la investigación original de 1892. Visiones, presencias, cruces de tiempo. Todo un recurso narrativo, sin base histórica documentada.
- Wuornos ejecutada en 2002, a los 46 años: dato confirmado por los registros de Florida.
- Visita a la casa de los Borden: inventada para la trama, no hay registro.
- Fascinación obsesiva con Lizzie: invención del guion, sin evidencia documental.
- Encuentros con Lizzie como aparición: recurso ficcional, declarado por la producción como cierre deliberado del personaje.
Lo que queda picando, y vale la pena masticarlo, es qué lugar deberían tener estas licencias en las series que se presentan como basadas en hechos reales. Porque está bárbaro ficcionar, pero cuando le ponés el sello de un caso criminal con nombre y apellido a una producción masiva, el contrato con el espectador cambia: uno espera que lo que ve tenga anclaje en algo. Cuando el anclaje se estira hasta la fantasía pura, lo mínimo es advertirlo con claridad. Por ahora Murphy y compañía eligieron meterlo como recurso y dejarlo a la interpretación del público, que es una forma elegante de zafar, pero también una manera de pedirle al televidente que se banque la operación sin quejarse.
Si te copa el cruce entre policial, terror y revisionismo histórico con licencias narrativas explícitas, dale play a Monstruo: La historia de Lizzie Borden. La mirás entera, en orden, sin saltar capítulos, y cuando llegues al final me decís si el cierre te parece un acierto o una zancada. (Spoiler: yo ya tengo opinión, pero la dejo para el bar.)
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