La iglesia alpina que un príncipe alemán dejó olvidada entre las lengas de Meliquina
A 40 kilómetros de San Martín de los Andes, sobre la ruta hacia Paso Córdoba, se levanta una pequeña capilla de madera con influencia de los Alpes, construida por Georg von Waldburg-Zeil dentro de su estancia. Hoy integra el Camino de la Fe neuquino y funciona como puerta de entrada al lago, los miradores y los ríos de la zona.
Vine por primera vez a Villa Lago Meliquina en una tarde de marzo en la que el viento se cortaba con los dedos. Me habían hablado de un lago transparente y de bosques que se tiran de cabeza a la montaña, pero nadie me había contado que a pocos metros de la ruta provincial 63, casi escondida entre lengas y coihues, se levanta una capillita de madera con techo a dos aguas que parece traída en barco desde algún pueblo de Baviera. Me quedé un largo rato en el alambrado, mirando. La Capilla San Jorge, me dijo después un vecino, lleva más de medio siglo parado ahí, desafiando la nieve y el olvido, y muy pocos turistas se detienen a contemplarla.
El príncipe que quiso misa propia
La historia arranca con Georg von Waldburg-Zeil, un príncipe alemán que compró la Estancia San Jorge en la zona de Meliquina. Como cualquier estanciero de la región, tenía que manejar varias horas por caminos de ripio para llegar a la Parroquia San José de San Martín de los Andes cada vez que quería cumplir con el precepto dominical. La solución fue tan simple como definitiva: mandó levantar una capilla dentro de sus propias tierras, con líneas alpinas, tejados inclinados y esa austeridad nórdica que combina tan bien con la madera de lenga.
El noble, además, financió desde Europa el sistema de campanas electrónicas de la iglesia céntrica de San Martín de los Andes. Dos gestos, una misma mano: la de un hombre con plata suficiente para importar capillitas enteras y, al mismo tiempo, ocuparse de que el pueblo vecino tuviera sus campanas. La Capilla San Jorge, que lleva el nombre del santo patrono del príncipe, terminó siendo su legado más visible en estas latitudes.
Fe privada, pero abierta al paisaje
El templo está en campo privado, así que las misas y celebraciones abiertas son esporádicas y dependen de lo que disponga la Parroquia Nuestra Señora de la Vega de San Martín de los Andes. Eso explica que en más de una guía figure apenas como una referencia lateral y que muchos pasen de largo. Sin embargo, vale la pena frenar. Recorrer el perímetro, asomarse al pequeño cementerio rural que la acompaña y dejar que la vista corra entre los troncos y el cielo es, en sí mismo, un modo de pilgrimage patagónico.
Una posta del Camino de la Fe
Lo que muchos no saben es que la capilla integra el Camino de la Fe neuquino, un recorrido de más de 800 kilómetros que se extiende desde Ailinco, en el norte de la provincia, hasta Villa La Angostura, en el sur, enlazando templos, capillas y sitios ligados a distintas expresiones religiosas. San Jorge es uno de los tramos menos transitados, justamente por su escala chica y por quedar metido entre los árboles, casi como si quisiera pasar desapercibido.
Qué hacer cerca de la capilla
- Lago Meliquina: playas de arena y piedra, aguas transparentes y propuestas de kayak, stand up paddle, kitesurf y windsurf.
- Mirador Cuatro Encantos y La Puntilla: vistas abiertas sobre el lago, la villa y las montañas que vale la pena llevar en la memoria.
- Ruta a Paso Córdoba: bosques, formaciones rocosas y varios puntos panorámicos a lo largo del camino.
- Río Caleufú: pozones y rápidos para refrescarse en verano.
- Lago Filo Hua Hum: otro espejo de agua cercano para sumar a la jornada.
- Actividades de senderismo, mountain bike y pesca deportiva durante la temporada habilitada.
Salí de Meliquina con la sensación de que me había cruzado con un secreto a voces, de esos que todo el mundo conoce en la zona y nadie se molesta en publicitar. La capillita sigue ahí, paciente, esperando al próximo viajero que decida levantar la vista del camino. Como me dijo un poblador mientras cargaba leña en la camioneta, cada tanto aparece alguien que se queda un rato largo, saca fotos y pregunta quién carajo la habrá mandado hacer acá. La respuesta, claro, está en una vieja foto de archivo de un príncipe alemán con sombrero de fieltro, parado frente a su obra, mirando las lengas como si fueran las de su propia infancia. Y uno, que vino a pescar y a caminar, termina entendiendo que a veces los paisajes también se heredan.
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