Cuando el sufrimiento no tiene nombre: la salud mental de los chicos que nadie alcanza a contener
Aulas, consultorios y guardias se llenan de chicos que no duermen, que se lastiman o que cargan violencias en silencio. Los equipos especializados son escasos, las listas de espera se alargan y la respuesta llega partida entre la escuela, el hospital y la justicia. Un mapa de un problema que atraviesa a toda una generación.
Lo conocí a Felipe en una sala de espera del Hospital Garrahan, mientras esperaba para entrevistar a una pediatra. Tenía doce años, la mochila todavía colgada y una mirada enorme, cansada, que se perdía en el piso. Me contó, casi sin que le preguntara, que hacía cuatro meses que no dormía más de dos horas seguidas y que en la escuela le habían dicho que si no se Portaba bien lo iban a pasar a otra escuela. Le pregunté a qué se debía Portarse bien. Se quedó callado un rato largo y después, con una vocecita muy chica, me dijo que no sabía, que él trataba pero que algo adentro le tiraba para abajo todo el tiempo. Ahí entendí que lo que estaba en juego no era una rabieta ni una mala nota: era la salud mental de un pibe al que nadie, todavía, había podido escuchar.
En consultorios, guardias hospitalarias y aulas se repite un cuadro que se volvió cotidiano: chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan, que se lastiman o que expresan, con esa crudeza que solo tienen los chicos, que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla.
Violencias que se cargan en silencio
La violencia es la columna vertebral de buena parte de lo que llega a los profesionales. Las estimaciones de UNICEF son de las más citadas y por eso las repito acá con cuidado: una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de los dieciocho años; entre los varones, la proporción es de uno de cada once. Buena parte de esas experiencias queda silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en ningún expediente.
Las plataformas digitales sumaron una capa nueva a ese padecimiento. Chicos y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a materiales que promueven conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de pantallas no es un capricho generacional ni una moda: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir, y termina profundizando el aislamiento que dice querer resolver.
Aprender se vuelve una tarea imposible
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más al mapa. Casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, que son justamente los recursos que se agotan cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono. No alcanza con pedirles que Estudien más: primero hay que reparar el resto.
Cuando el pedido de ayuda llega tarde
Cuando una familia logra advertir que algo está mal y pide ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención suele llegar partida: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción. El chico, en el medio, puede quedar atrapado en un circuito de informes e intervenciones donde nadie se hace cargo del todo. Lo dijo una de las profesionales que entrevisté para esta nota, con una frase que se me quedó dando vueltas: nosotros no podemos solos, esto necesita una red que sostenga a la criatura y a la familia al mismo tiempo, porque si no estamos parchando agujeros. Esa es, quizá, la mejor síntesis del momento que atraviesa la salud mental de los chicos en la Argentina: profesionales formados, comprometidos, que se topan con un sistema que no termina de darles el lugar ni los recursos que el problema exige.
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