Aftas bucales: cuándo esa llaga en la boca deja de ser una molestia pasajera y pide consulta
No se contagian, suelen irse solas y le pasan a una de cada cuatro personas en algún momento de la vida. Pero hay señales claras para saber cuándo conviene dejar de bancarse el dolor en casa y llamar a un profesional.
Me lo contaba Marcela, una vecina de Lanús que conozco hace años, mientras esperaba el turno en el odontólogo: hacía más de tres semanas que cargaba con una llaga en la cara interna del labio que no cerraba, le dolía al comer y al hablar, y ya había probado de todo, desde buches con agua tibia con sal hasta un gel que le recomendó la farmacéutica de la esquina. "Yo pensé que era una afta más, como las que me salen de tanto en cuanto, pero esta vez no se fue nunca", me dijo, con esa mezcla de hartazgo y resignación que conocen bien quienes conviven con estas heridas. La historia de Marcela me sirve como punto de partida para una pregunta que mucha gente se hace: ¿en qué momento una llaga bucal deja de ser un trastorno menor y empieza a merecer una consulta profesional?
Qué son las aftas y por qué aparecen
Las aftas, conocidas también como llagas bucales o úlceras aftosas, son heridas dolorosas que se forman en la cara interna de los labios, en las mejillas, debajo de la lengua o en los bordes laterales de la lengua. No tienen origen infeccioso y, por lo tanto, no se contagian por contacto, por compartir un vaso, un cubierto o un beso. Esa es una de las dudas más frecuentes que escucho en el consultorio y en conversaciones de café: "¿le puede pegar a mi hijo?", me preguntan madres y padres. La respuesta corta es no.
El Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos señala que el tratamiento apunta a aliviar el dolor y favorecer la cicatrización, pero no garantiza que las lesiones no vuelvan a aparecer. Para las molestias leves, los geles de venta libre y los enjuagues antisépticos pueden ayudar a controlar el malestar, siempre respetando las indicaciones del prospecto y del profesional que los recete.
- Mordeduras accidentales de la propia mucosa al masticar.
- Cepillado dental muy enérgico o con un cepillo de cerdas duras.
- Roce continuo de aparatos de ortodoncia, brackets o prótesis mal ajustadas.
- Bordes filosos o astillados en alguna pieza dental.
- Alimentos ácidos, picantes o muy salados que irritan la zona lesionada.
Las señales de alarma que indican que hay que ir a consulta
La Clínica Mayo es bastante clara a la hora de marcar el límite, y es lo que repiten los protocolos de los servicios de odontología y de clínica médica. Conviene pedir atención profesional cuando se cumple alguna de estas condiciones, que vale la pena tener a mano:
- La llaga dura dos semanas o más sin de mejoría.
- La lesión reaparece con frecuencia, en intervalos cortos.
- El tamaño es inusualmente grande o se extiende hacia zonas vecinas.
- Aparece una nueva afta antes de que termine de cicatrizar la anterior.
- El dolor no se controla con medidas caseras y compromete la alimentación o la ingesta de líquidos.
- La lesión se acompaña de fiebre o de una sensación general de malestar.
En el caso de Marcela, que es real aunque cambié su nombre para cuidar su intimidad, se cumplían tres de esos criterios a la vez: la afta llevaba más de veinte días, le impedía comer con normalidad y se le había formado una segunda lesión al lado de la primera. Después de revisarla, la odontóloga le pidió un análisis de sangre para chequear niveles de hierro, zinc, ácido fólico y vitamina B12, dado que las aftas que se repiten con regularidad pueden estar asociadas a déficit de esos nutrientes, según la Clínica Mayo.
Esa asociación no significa que cualquier persona que tenga llagas recurrentes tenga una carencia ni que deba lanzarse a comprar suplementos por cuenta propia. Tampoco equivale a un diagnóstico: una revisión publicada en el repositorio científico PMC advierte que, antes de atribuir las lesiones a aftas recurrentes, es necesario descartar otras causas posibles, por lo que la evaluación profesional incluye los síntomas que aparecen tanto dentro como fuera de la boca, y puede requerir estudios complementarios.
Qué hacer mientras tanto
Una llaga ocasional, aislada, chica y dentro de los plazos razonables, no requiere mayor alarma y suele resolverse sola en una o dos semanas, según el mismo Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial. Mientras tanto, identificar y corregir el factor desencadenante —por ejemplo, ajustar un aparato de ortodoncia que roza, suavizar la técnica de cepillado o limar un borde filoso que corta la mejilla— reduce las posibilidades de una nueva irritación. También conviene evitar los alimentos ácidos, picantes o muy salados sobre la zona lastimada, porque pueden prolongar las molestias.
Volviendo a Marcela, después de la consulta y del tratamiento indicado, la llaga fue cediendo de a poco y la segunda lesión desapareció antes de la semana. Cuando le pregunté qué se llevaba de toda esa experiencia, me dijo algo que me pareció importante compartir: "Pensé que era pavada, y casi dejo que se me complicara. La próxima vez, no espero tres semanas". Una frase simple, pero que resume mejor que cualquier manual cuándo conviene dejar de bancarse solo una llaga en la boca.
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