Sorkin suelto y sin reata: el precio de no tener a nadie que lo frene
La secuela espiritual de "La red social" confirma que al guionista le hace falta un director con carácter: sus monólogos, su iluminación de oficina pública y su idealismo sin filtro terminan pasando factura en "El precio de la red".
Volvió Sorkin a meterse con Zuckerberg, esta vez solito detrás de la cámara, y la sensación que queda es la de un pibe al que le sacaron la ruedita de la bici y todavía no aprendió a pedalear sin caerse. "El precio de la red" se vende como heredera de "La red social", aquella joyita del 2010 que David Fincher convirtió en un relojito, pero termina pareciéndose más a un episodio piloto de "The Newsroom" estirado hasta las dos horas.
El problema, según coinciden las críticas especializadas que leí antes de sentarme a escribir esta nota (y ojo: no vi el filme, así que me ato a lo publicado por otros medios), no está en el libreto. Está en quién lo filma. Sorkin tiene un prontuario desparejo como director: arrancó con "Molly's Game", que zafó con algo de benevolencia, y después confirmó que sus mejores textos históricamente los firmaron otros realizadores que supieron podarlo. Fincher en "La red social", Boyle en "Steve Jobs", Reiner en "Algunos hombres buenos".
Cuando el guionista tiene el control absoluto
Sin un director externo que le dispute el poder, "El precio de la red" muestra su parte menos atractiva: parlamentos largos y sonarientos que existen sobre todo porque suenan lindo declamados, escenas de interiores con una iluminación que parece la de un estudio de cable casero (llamativo, considerando que el director de fotografía es el mismo de "La red social") y un montaje sin urgencia. Todo lo que en la previa tenía filo y remake, acá se vuelve declamatorio (valga la redundencia).
“La propia película lleva una frase, en boca del personaje de Bill Burr, que sintetiza la cuestión: Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo. Linda autorreferencia: cuando un autor se caricaturiza en su propia obra, algo está diciendo.”Personaje interpretado por Bill Burr
Lo que más llama la atención es la nostalgia un poco empachada que destila la propuesta: hay ecos de "The Newsroom" y hasta de aquel proyecto sobre el 6 de enero que Sorkin lleva años intentando levantar sin suerte. Pinta a un autor que vive revisitando los mismos temas sin meterle el bisturí crítico necesario. La mirada sobre Zuckerberg y las redes sociales repite la operación anterior: idealismo declamado en vez de escenas que verdaderamente discutan el presente.
¿Y entonces, vale la pena ir al cine?
- Ir al cine sólo si te interesa ver cómo se desangra un guionista cuando nadie lo corrige en el set, y podés bancarte dos horas de sermones con swearing incluido en inglés.
- Quedarse en casa releyendo "La red social" (o viéndola por streaming) sigue siendo una mejor inversión para entender el universo Facebook sin el exceso de solemnidad que carga esta secuela.
- Esperar a que llegue a alguna plataforma y leer primero las reseñas largas, porque la película divide aguas entre fans incondicionales de Sorkin y quienes ya le bajaron el pulgar.
"Yo canto la diferencia que existe / entre el que tiene y el que no tiene poder", decía un rato una copla popular, y la mejor lectura de "El precio de la red" es esa: ver a un autor con todo el poder creativo en la mano y, aun así, entregar un filme con problemas que un director externo le hubiera resuelto. Yo esta vez le recomendaría a Sorkin volver a sentarse a escribir para otros. Mientras tanto, vaya uno de estos fines de semana a ver cualquier otra cosa en el cine, aunque sea un rewatch de "Algunos hombres buenos": ahí se entiende qué pasa cuando a Sorkin lo filma alguien con personalidad propia.
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