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VIE, 02 OCT 2026
Entretenimiento

Sangre azul, panza verde y un muerto para la hora del té

Estrena «Fackham Hall», la comedia británica que toma el mundo de sombrero y guantes de «Downton Abbey» y lo manda al diván: matrimonios arreglados, un detective con la onda Poirot pasada de rosca y Jimmy Carr metiendo la cuchara en el guion. Imperdible para los que todavía se ríen con la solemnidad aristocrática.

GB
Gonzalo BazánCultura y espectáculos · · lectura 3 min
Sangre azul, panza verde y un muerto para la hora del té

Digamos que entrar a «Fackham Hall» es un poco como sentarse en una mesa larga de mantel blanco y descubrir, antes de que sirvan el té, que alguien se sentó en la silla equivocada y pateó el pesebre. La película, que en español se traduce con el gancho de «Un muerto a la hora del té», es la nueva criatura del director Jim O'Hanlon, el mismo de la «Emma» de 2009, y tiene a Jimmy Carr (sí, el humorista de stand up con cara de no haber dormido nunca) metido en el equipo de guionistas. Una mezcla rara, sí, pero de esas que suelen terminar mejor de lo que prometen.

(Ojo: cuando digo que Carr está en el guion no estoy exagerando. El hombre figura como uno de los escritores acreditados, y se nota. El humor tiene ese vértigo seco, casi parpadeante, al que nos tiene acostumbrados en sus monólogos.)

Drama de época con la jeta destapada

La historia arranca con los Davenport, una de esas familias inglesas donde el apellido pesa más que la cuenta bancaria y donde casarse entre primos se vive como una decisión financiera más que sentimental. La mayor, Poppy (Emma Laird), está a punto de pasar por el altar con Archibald (Tom Felton, el eterno Draco Malfoy, ahora con bigote de gentleman), pero ama a otro muchacho de cuna más modesta. Cuando la boda se cae a pedazos, las expectativas de la parentela se mudan a Rose (Thomasin McKenzie), la hermana menor, que también tiene su propio quilombo: se cruza con Eric Noone (Ben Radcliffe), un carterista que llega a la mansión a entregar una carta y termina contratado como parte del servicio. La carta, claro, nunca se entrega.

Como en toda comedia de época con ganas de no tomarse en serio, el enredo romántico se cruza con una investigación policial. La sangre derramada en algún rincón de la mansión llama a un detective de ribetes exagerados, Watt, a cargo de Tom Goodman-Hill, que toma lo que queda de Hércules Poirot después de una noche de fiesta y le agrega un bigote tres veces más grande. La pesquisa convive con los chismes del servicio, las jerarquías imposiblemente rígidas y, por supuesto, con la pulseada eterna entre patrones y sirvientes.

Lo que la película entiende bien es el ritmo de la farsa: jueguitos de palabras, comedia física que no se priva de un poco de slapstick, y una ambientación con más platería, cuadros y candelabros que un museo. Los chistes apuntan, sin que nadie lo diga de manera obvia, a las bodas entre parientes, al capricho de mantener el apellido adentro de la propia familia y a ese viejo y aristocrático deporte de no mirar nunca al criado a los ojos. Como en una vidala norteña: «Deje de ser ingrato, ingratitud, no sea que venga un gitano y le vuele la vida». Acá el gitano es Jimmy Carr, y lo que vuela son las buenas formas.

«Fackham Hall» no inventa la pólvora ni reescribe la comedia británica, pero sabe en qué ganchos colgar el disparate. Si te gustó imaginar a Lord Grantham en pijama haciendo piruetas, o si simplemente te copa una hora y media de carcajadas con vestidos largos y almidón en el cuello, esta es la peli para vos. Andá al cine, pedite un té con leche como un verdadero británico y dejate llevar por el absurdo. Te vas a reír más de lo que tu apellido estaría dispuesto a admitir.

GB
Gonzalo BazánCultura y espectáculos

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