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LUN, 19 OCT 2026
Vida

Roblox cumple veinte años y abre un debate incómodo: qué hacer con la plataforma que ya es la plaza digital de los chicos

La divulgadora Julieta Schulkin investigó por dentro el universo de Roblox y advierte a las madres y padres que la decisión de prohibir o soltar sin más no es tal decisión: hay una tercera vía que pasa por entender cómo funciona, qué economía la mueve y qué configuraciones mínimas pueden cambiar todo.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana · · lectura 6 min
Roblox cumple veinte años y abre un debate incómodo: qué hacer con la plataforma que ya es la plaza digital de los chicos

A Ester se le borró la diferencia entre un martes cualquiera y un domingo a la tarde durante gran parte del año pasado. Su hijo de once años se sentaba frente a la computadora, se ponía los auriculares y, cuando ella iba a controlarlo, ya estaba adentro de un mundo que no terminaba de entender. Roblox, la plataforma que esta semana cumplió veinte años y que muchos adultos todavía miran como si fuera un jueguito más, había ocupado en esa casa el lugar que antes tenía la pelota en la vereda o la bici en la plaza. Y a Ester le pasaba algo que les pasa a muchas familias argentinas: sabía que su hijo estaba ahí, sabía que algo le pasaba adentro, pero no tenía con qué hacerse cargo de la conversación porque no sabía de qué estaba hecha esa pantalla abierta.

Llegué a este tema de una manera medio lateral. Venía siguiendo hace rato el trabajo de la periodista y divulgadora Julieta Schulkin, que viene publicando investigaciones muy serias sobre cómo viven los chicos su vida digital, y en una de sus últimas entregas se puso a desarmar Roblox desde adentro, con pruebas, con horas de uso y con la intención declarada de darles a los padres un mapa. Cuando me senté a leerla con calma y a charlar con ella, me di cuenta de algo que la propia Schulkin repite cada vez que puede: una enorme cantidad de familias tomó una decisión —a favor o en contra— sin tener la más mínima idea de qué era lo que estaban decidiendo. Y eso, en criollo, significa que estamos eligiendo a ciegas sobre el lugar donde nuestros pibes pasan buena parte de su vida social.

No es un juego, es una ciudad entera

Una de las primeras cosas que Schulkin aclara, y que a mí me ordenó la cabeza, es que Roblox no es un juego en el sentido clásico. Es una plataforma que aloja más de seis millones de experiencias creadas por usuarios y por empresas, y a la que los chicos no llegan solamente a jugar, sino a encontrarse, a charlar, a pasar el rato y, en muchos casos, a reemplazar ese espacio físico del barrio o de la plaza que en las grandes ciudades se fue achicando. Esa distinción importa muchísimo a la hora de pensar cómo acompañarlos, porque cuando uno dice "prohibí el jueguito" lo que está prohibiendo en los hechos es la plaza, el potrero, el lugar donde se ven con los demás. Y los chicos, claro, no se quedan sin plaza: se mudan a otra.

“Hubo una ola de familias que empezaron a prohibir Roblox y la sensación era que estábamos prohibiendo algo que no entendíamos bien.”Julieta Schulkin

Esa idea, la de que prohibir sin entender es una decisión que se vuelve en contra, es el corazón de toda la investigación. Schulkin lo dice con una frase que me parece muy útil para tener a mano la próxima vez que en una cena de familia alguien suelte el "en mi casa eso no se usa": si un chico no puede usar Roblox, lo más probable es que migre a otra plataforma de diseño muy parecido, y entonces habremos perdido la poca chance que teníamos de acompañarlo. Porque la plataforma, como sea, va a estar.

La economía interna que casi nadie ve

Hay un capítulo del trabajo de Schulkin que a mí me dejó pensando un buen rato, y es el de la economía interna. Roblox tiene su propia moneda, los Robux, que se compran con plata real. Con esos Robux se accede a elementos visuales para el avatar, a mascotas virtuales, a servidores privados donde se juega con menos desconocidos. Se puede entrar y pasarla bien sin gastar un peso, eso es cierto y hay que decirlo, pero quienes tienen Robux o quienes pasan muchísimas horas acumulando recompensas acceden a beneficios que el resto ni siquiera sabe que existen. Schulkin lo describe, y acá cito su propia lectura, como una reproducción de la estructura de clases sociales: igual que en la calle, dentro de la plataforma se nota quién invirtió dinero y quién no. La diferencia es que en la calle esa frontera se ve; en Roblox, la marca se ve en la espalda del avatar.

Y hay un segundo punto que a las familias casi siempre se les escapa, y que a mí me parece de los más importantes para charlar en casa: la dimensión social. Los usuarios pueden seguir a otros, tener seguidores, armar grupos de amigos. La plataforma recomienda juegos según lo que juegan los contactos de cada chico. Eso la convierte en un ecosistema con lógicas parecidas a las de las redes sociales, aunque sus responsables insistan en diferenciarla. Lo que un padre o una madre tiene que entender es que cuando un chico se queja de que "lo tratan mal" o de que "hay uno que siempre le habla", no está relatando un problema del juego: está relatando un problema del patio, con la diferencia de que ese patio no tiene mozo ni tiene horario de cierre.

Qué se puede hacer hoy, en concreto, desde la casa

Acá es donde la investigación se vuelve práctica, que es donde tiene que volverse práctica. Schulkin no propone el rechazo automático ni la mirada distraída. Propone configurar. Y la lista que me dejó, y que yo ya me anoté en la heladera, es esta:

  • Ajustar los controles de privacidad apenas se crea la cuenta, sin dejar nada en ni en "para todos".
  • Revisar quién puede chatear con el menor y dejarlo, como mínimo, solo para contactos aprobados.
  • Activar las restricciones de contacto que la propia plataforma ofrece y que casi nadie toca.
  • Poner el chat en modo seguro para que filtre lenguaje inapropiado.
  • Hablar con los chicos no desde el sermón sino desde la pregunta: qué juegan, con quién juegan, qué pasó hoy adentro, igual que cuando vuelven de la calle.
  • Poner un tiempo máximo diario y, sobre todo, discutir ese tiempo con ellos, no imponerlo de arriba.
  • Revisar periódicamente los mensajes y los pedidos de amistad sin esconderse, explicando por qué se hace.

El dato más fuerte de toda la conversación, y el que no quiero dejar afuera de esta nota, es el del grooming. La posibilidad de que adultos contacten a menores adentro de la plataforma es real y documentada; no es un cuento urbano ni una alarma de WhatsApp. Pero Schulkin no plantea la cosa en términos de retirar todo y encerrar la compu bajo llave, sino en términos de configurar y acompañar. La diferencia es enorme, porque una cosa es el miedo y otra muy distinta es la prevención.

Cuando le pregunté a Schulkin qué le diría a una madre o a un padre que está leyendo esta nota y todavía no se animó a preguntar en su casa de qué se trata todo esto, la respuesta que me dio me pareció la mejor manera de cerrar esta columna: "Una buena configuración hace la diferencia, pero el diálogo la hace mucho más grande". La frase es sencilla y por eso mismo sirve. Porque en criollo viene a decir lo que ya sabemos los que criamos en esta época: no alcanza con la herramienta, hace falta la conversación. Y esa, la verdad, nunca se prohíbe.

VY
Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana

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