Recalentar la comida en el microondas: por qué los toxicólogos piden dejar el plástico de lado y pasar al vidrio o la cerámica
Una medida doméstica sencilla —cambiar el recipiente antes de meter la comida al horno— aparece en el centro del debate sobre microplásticos. Qué dicen los especialistas y hasta dónde llega el alcance real de cambiar un hábito cotidiano.
Me acomodé en la silla de la cocina con la taza de café todavía tibia y el ladrillo de sopa de ayer esperándome en la heladera. Iba a meterlo directo al microondas, en el mismo tupper plástico en el que lo guardé, cuando una conversación con dos toxicólogos me frenó en seco. Lo que para mí era un gesto automático —calentar, comer, repetir— para ellos es un pequeño experimento diario que se repite en millones de hogares sin que nadie le preste demasiada atención.
Wells Brambl, médico especialista en emergencias del Centro Médico Judío de Long Island de Northwell Health, lo dice con una frase que se me quedó dando vueltas: si uno va a recalentar, conviene mudar la comida del envase plástico a uno de vidrio o cerámica. La idea es simple y, al mismo tiempo, un poco molesta, porque rompe la lógica del “sacar y meter” que organizaba mi semana.
El calor como gatillo
Serah Oyewole, toxicóloga médica del Houston Methodist, se encarga de explicar el mecanismo. Cuando sube la temperatura, las moléculas del plástico se ponen a vibrar y la estructura de polímeros puede terminar fracturándose. Ahí es cuando fragmentos del material y aditivos —colorantes, antioxidantes, estabilizadores ultravioletas— encuentran el camino hacia lo que vamos a comer. La imagen es la de un envase que, en lugar de contener la comida, empieza a soltarle cosas encima.
- Pasar la comida del recipiente plástico a uno de vidrio o cerámica antes de recalentar.
- Si no queda otra que usar plástico, bajar la potencia del microondas al mínimo necesario para templar la comida.
- No confiar ciegamente en la leyenda “apto para microondas”: no garantiza que no se liberen microplásticos.
- Revisar y reemplazar de a poco utensilios, tapas y esponjas plásticas que estén deteriorados.
- Elegir, cuando se pueda, productos con menos envolturas plásticas.
La aclaración sobre los envases lleva nombre y apellido. Brambl advierte que la frase impresa en el fondo del tupper no es un escudo infalible, y Oyewole distingue entre dos cosas que a veces se mezclan: que un material esté aprobado para almacenar alimentos, y qué pasa en el cuerpo cuando, año tras año, vamos incorporando esas partículas que se van desprendiendo.
Qué se sabe y qué todavía no
Pregunto lo que cualquier persona preguntaría en la mesa, con el tenedor a mitad de camino: ¿esto me está haciendo daño ahora mismo? Brambl responde con una honesty que agradezco: la literatura científica ya registró microplásticos y nanoplásticos dentro del organismo humano, y hay datos que los asocian con procesos inflamatorios. Pero una correlación, dice, no prueba causalidad. Los efectos de una exposición larga y cotidiana siguen estudiándose, y conviene no saltar a conclusiones.
Ahí aparece el matiz que muchas veces se pierde en los títulos alarmistas. No se trata de panicarse ni de tirar todos los plásticos de la casa a la basura en una tarde de sábado. Se trata de aceitar gestos chicos —como mudar la comida de recipiente antes de calentar— y de aceitar también una discusión más grande, que excede la cocina: la de la contaminación ambiental, que puede poner a los alimentos en contacto con microplásticos mucho antes de que lleguen al supermercado o al tupper. Cambiar un hábito ayuda, sí. Pero no alcanza, y eso, lejos de quitarle sentido al esfuerzo, lo vuelve más honesto.
“Una correlación no prueba que esas partículas sean la causa de nada. Los efectos a largo plazo continúan en estudio.”Wells Brambl, toxicólogo del Centro Médico Judío de Long Island de Northwell Health
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