Por qué nos cuesta decir que no y qué pasa cuando aprendemos a callarlo
Ansiedad, resentimiento y un cuerpo que empieza a hablar por la boca que se quedó muda: lo que deja cada vez que alguien dice que sí para no perder un vínculo. Dos psicólogos repasan los dos patrones que se ven todos los días en el consultorio y explican por qué se puede salir de ellos.
Llegué a la cita con la psicóloga Mariana una mañana de esas de julio en las que Buenos Aires se pone gris y la gente camina apurada por la calle como si tuviera que sacarse de encima el frío. Ella me atiende en un consultorio chico, con una biblioteca enorme y un ventanal que da a un patio interno. Mientras preparaba el grabador, me dijo una frase que se me quedó pegada: 'El límite no es lo contrario del amor; es una de sus formas con las que uno aprende a vivir'. La escribí en el margen de la libreta y la nota arrancó ahí, en esa puerta de entrada, en la idea simple pero enorme de que decir que no, a veces, es la forma más sana de querer y de quererse.
El planteo de partida es este: el límite empieza a construirse desde los primeros meses de vida, cuando el bebé todavía no tiene ni idea de dónde termina él y empieza el resto del mundo. Necesita que alguien se lo marque. El pecho que no siempre está, el 'no' firme ante un peligro, la espera antes de la satisfacción. Todo eso, vivido como frustración en el momento, es lo que después permite distinguir entre lo que uno quiere y lo que la realidad le ofrece. Cuando ese proceso se completa bien, el sujeto aprende que el deseo y el mundo no son lo mismo, y que querer no siempre alcanza.
Dos patrones que se repiten en el consultorio
Cuando esa construcción falla, aparecen dos modos opuestos pero igual de frecuentes. El primero es el de quien no puede poner límites. Suele ser alguien que aprendió muy chico que el propio deseo molesta, o que decir que no pone en riesgo el vínculo, sobre todo con las figuras más importantes. De grande, esa persona acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de cosas que no le corresponden. La página no le sale gratis: aparecen cuadros de ansiedad, un resentimiento que se va acumulando de a poco, y un cansancio que ningún fin de semana resuelve, porque no es un cansancio del cuerpo, es un cansancio del alma.
Con el tiempo, si la palabra sigue sin aparecer, el cuerpo empieza a hablar por su cuenta. Dolores sin causa orgánica clara, insomnio, contracturas que no se explican, malestares digestivos. La persona va al clínico, se hace estudios, y todo da normal. Entonces aparece la pregunta del millón: si los análisis están bien, por qué duele todo. La respuesta, dice Mariana, suele estar en lo que no se dijo, en el enojo que se tragó para no romper un acuerdo familiar, en la sobre-adaptación de toda la vida.
El otro extremo: el que no banca que le digan que no
El segundo patrón es el opuesto y, a primera vista, puede parecer hasta una fortaleza. Es el de quien no tolera el límite ajeno. Cualquier 'no' se vive como una ofensa personal, casi como un desafío. Lo que hay debajo, en realidad, es una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro, doblegando al otro, dejando al otro sin margen. Las relaciones de esa persona se van organizando alrededor de su voluntad. Y ojo: a la corta, puede parecer que manda; a la mediana, esas relaciones se vacían, se gastan, la gente se va sin hacer ruido.
Entre los dos extremos hay un punto medio que no es ni sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin sentir culpa, y de escuchar un no ajeno sin sentirlo como un ataque a la propia persona. Llegar hasta ahí tiene un costo concreto, advierte la psicóloga, porque muchas veces implica arriesgar un vínculo con alguien de quien uno depende, afectivamente o en la diaria, en la plata. Pero el costo de no ir hasta ahí suele ser peor: el resentimiento crónico, los síntomas físicos sin explicación, las relaciones que se erosionan en silencio.
La buena noticia: no es para siempre
Lo más importante de todo esto, y lo que más me llevo de la charla, es que no se trata de un rasgo de carácter fijo, de algo con lo que se nace y se muere. Se construyó en un momento, sobre todo en la infancia, y cuando no se construyó bien, se puede revisar de adulto. Un tratamiento psicológico serio ofrece el espacio para aprender a decir 'hasta acá' sin sentir que se traiciona al otro, y a recibir un 'no' sin que se venga el mundo abajo. No es magia ni es rápido, pero se puede, y eso ya es una enorme diferencia.
Antes de apagar el grabador, le pregunté a Mariana qué les diría a los que hoy, leyendo esta nota, sienten que les cuesta poner un límite con su pareja, con un padre, con un jefe, con un amigo. Pensó un segundo, miró por el ventanal, y me dijo, con una media sonrisa: 'Que empiecen por un no chiquito, uno solo, a algo que no les duela tanto. Después van a ver que el mundo no se cae. Y cuando vean que no se cae, van a poder con los otros'.
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