Ponerle números y sentido al vértigo de despegar
El neurólogo Conrado Estol explicó por qué la cabeza empieza a fabricar miedos mucho antes de pisar la pista, qué lugar ocupan las turbulencias cuando el cielo está despejado y por qué el alcohol no es un buen compañero de viaje.
Me acuerdo de Laura, una colega a la que conocí en una redacción porteña, contándome con cara larga cómo había cancelado un viaje soñado a Barcelona porque, según decía, no podía ni subirse al avión. No era una exageración: le temblaban las manos en el aeropuerto, se le cerraba la garganta en la fila del check-in y volvía a su casa con la sensación de que había escapado por poco de una tragedia. Cuando escuché al neurólogo Conrado Estol analizar el miedo a volar, entendí que lo de Laura no tenía nada de caprichoso: era la anticipación del embarque haciendo su trabajo sucio mucho antes de que el avión se moviera un centímetro.
El especialista arrancó por un lugar que a veces se pasa por alto: el miedo a volar no empieza en el asiento 14B, sino bastante antes. Los controles, los trámites migratorios, el viaje hasta Ezeiza o Aeroparque y hasta el clásico “llego tarde” forman parte del combo que alimenta la ansiedad. Estol reconoció que la claustrofobia también puede meter la cola en ese malestar, pero insistió en que el gran protagonista es lo que la cabeza imagina antes de que el avión carretee.
Estadísticas que no alcanzan, pero que sirven
La receta que propuso el neurólogo tiene una lógica bastante terrenal: poner en relación lo que se siente con la información disponible sobre los vuelos. O sea, dijo algo que a muchos les suena contradictorio: conocer las estadísticas de seguridad no impide que aparezca una respuesta emocional frente a una experiencia que, en la vida cotidiana en tierra firme, no existe. Por eso sugirió mirar una aplicación de seguimiento de vuelos para dimensionar cuántos aparatos circulan en simultáneo por el mundo y ubicar el viaje propio dentro de ese hormiguero cotidiano.
“La idea es darle contexto a la percepción del riesgo”, resumió, como si fuera una forma de bajarle el volumen a la alarma interna que se dispara cada vez que la panza del avión se sacude.
Turbulencias con cielo despejado y por qué se sienten eternas
Una de las aclaraciones más útiles de Estol fue distinguir dos clases de turbulencias: las que están asociadas a tormentas y las que aparecen en aire claro. Por eso, explicó, es perfectamente posible sentir movimientos bruscos aunque desde la ventanilla no se vea ni una nube ni el clásico panorama gris de mal tiempo. Esa distinción, que parece menor, cambia bastante la manera de procesar lo que pasa adentro de la cabina.
Y agregó otro dato que a los ansiosos les suele volar la cabeza: la expectativa de duración de una turbulencia fuerte puede ser mucho más larga que el episodio mismo. Según describió, los movimientos intensos se extienden durante segundos o, con suerte, algunos minutos. Lo que ocurre es que quien los atraviesa tiene la sensación de que la cosa va a seguir durante horas. La comparación que usó fue casi una invitación a relativizar: prestar atención a los movimientos que se toleran sin chistar cuando se viaja en tren.
Tormentas, pilotos y por qué el alcohol es mala compañía
Cuando Estol terminó su exposición, me quedó dando vueltas una idea que vale la pena repetir: el miedo a volar suele ser un problema de imaginación, no de estadística. La próxima vez que alguien como Laura esté parada en la fila del embarque con las manos transpiradas, tal vez alcance con abrir una app de vuelos, mirar cuántos aviones están en el aire en ese mismo segundo y recordar que las nubes, cuando las hay, se pueden esquivar. Como dijo el especialista en uno de los tramos de su charla, “conocer las cifras no te salva del vértigo, pero te ayuda a dejar de creer que sos el único arriba de un columpio”.
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