La película que Gus Van Sant filmó como si fuera un documental de los setenta y que casi nadie vio en el cine
Bill Skarsgård se mete en la piel de Tony Kiritsis, un hombre que secuestró al hijo de un banquero para poder hablar en televisión. Un thriller con alma indie que ya se puede ver en Movistar Plus.
Hay una escena en esta película que se siente como si uno se hubiera sentado en el living equivocado, justo cuando la historia estaba a punto de estallar. Eso es "Prime Crime: A True Story" (también conocida como "Dead Man's Wire"), el film que Gus Van Sant rodó sobre el caso real de Tony Kiritsis, un hombre de Indiana que en 1977 secuestró al hijo de un banquero para, según sus propias palabras, "decir su verdad" en la pantalla chica. La película acaba de desembarcar en Movistar Plus después de un paso tibio por las salas: unos 3,8 millones de dólares de recaudación frente a un presupuesto que ronda los 15 millones. Cifras discretas para una historia que pide a gritos otra oportunidad.
La historia detrás del título
Kiritsis se había presentado en la sede del banco Marshall & Ilsley para pedir un préstamo con el que pensaba comprar un terreno. La operación le fue rechazada y el tipo empezó a olerse que la financiera quería quedarse con su propiedad para especular. La respuesta fue tan insólita como criolla dentro del tablero yanqui: armó un dispositivo casero atado al cuello del hijo del banquero (un artefacto rudimentario pero potencialmente letal) y formuló dos exigencias bien concretas. Una indemnización económica y, sobre todo, la posibilidad de hablar en televisión nacional. Lo que siguió fue una noche de negociaciones en vivo, con la policía rodeando el lugar y las cámaras transmitiendo cada movimiento.
Como cuando una vidala del norte cuenta algo con mansedumbre pero con un filo que corta, acá el relato de Van Sant se va cocinando lento, casi en cámara, mientras la tensión va creciendo sin que nadie levante la voz demasiado fuerte.
Skarsgård como motor de todo
A Bill Skarsgård le toca cargar con el peso de la operación. Lo conocemos por haberle puesto cara a Pennywise en "It", pero acá deja el registro del terror y se planta en un drama con mayúsculas: compone a un hombre desesperado al que el sistema no le dejó otra salida que la más extrema. (Skarsgård maneja muy bien esa línea delgada entre la lucidez y el quiebre, y se nota.) El personaje no es ni un villano ni un héroe a la fuerza: es alguien que sintió que le robaron y decidió devolver el golpe con la única herramienta que tenía a mano.
El film mira sin disimulo al thriller urbano norteamericano de los años setenta, ese cruce entre la presión policial, el acoso mediático y el debate público que se cocina en tiempo real. Van Sant, curtido en el cine independiente de Estados Unidos (pásenle "Todo por un sueño" o "Elephant" si quieren entenderle la mano), vuelve a terreno cómodo: personajes comunes que chocan contra reglas que no escribieron y buscan rendijas para respirar.
El cierre musical trae a Gil Scott-Heron al soundtrack, lo que le carga al desenlace una densidad política extra sin traicionar el registro del thriller. La película deja algunas puntas sin atar (no resuelve del todo las contradicciones de su protagonista), pero deja flotando una pregunta incómoda sobre los límites de quien intenta protestar de a uno contra estructuras que lo pasan por arriba.
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