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JUE, 15 OCT 2026
Vida

El hombre del hombro roto y la cooperativa que no le encontró lugar

Después de más de diez años cargando cajas de fruta, un embalador neuquino se lesionó y la empresa le dijo que no tenía tareas livianas para darle. La Justicia laboral le dio la razón: no alcanza con decir que no hay puesto, hay que demostrarlo.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana · · lectura 3 min
El hombre del hombro roto y la cooperativa que no le encontró lugar

Lo conocí a Daniel en un pasillo de los tribunales laborales de Neuquén, mientras esperaba que empezara la audiencia. Me lo presentó un sindicalista de la fruta que me dijo, casi al pasar: este hombre cargó peras y manzanas durante más de una década y cuando se le rompió el hombro, la cooperativa le cerró la puerta. Yo venía a cubrir un caso más, pero esa frase se me quedó pegada y decidí quedarme a escucharlo.

Daniel entró a trabajar en enero de 2011 como embalador de primera categoría en una cooperativa de empaque de fruta de la región. Su jornada empezaba de madrugada y terminaba con los brazos molidos: armar cajas, cargarlas, acomodarlas, todo a pulso. En todo ese tiempo, me contó, jamás había tenido una sanción. Era, según sus propios compañeros, uno de los más cumplidores del galpón.

El día que el hombro dijo basta

En agosto de 2021, mientras levantaba una de esas cajas que cargó miles de veces, sintió un tirón en el hombro derecho que lo dejó fuera de combate. La ART se hizo cargo del tratamiento durante ocho meses, con kinesiología, controles y mucho tiempo en casa. En abril de 2022 le dieron el alta, pero con una condición escrita en el certificado: podía volver a trabajar, siempre y cuando no levantara peso. Nada de cajas de peras, nada de manzanas, nada de lo que venía haciendo desde los veintipocos.

Con ese papel bajo el brazo, Daniel mandó un telegrama a la cooperativa pidiendo la reincorporación. La respuesta llegó por carta documento: la empresa reconocía la restricción médica, pero afirmaba que no existía en el galpón ningún puesto disponible que se ajustara a esa limitación. Daniel volvió a escribir, esta vez con más detalle: les señaló qué sectores del empaque podía cubrir sin levantar peso. La respuesta fue la misma, textual, como si la hubieran copiado y pegado.

Los testimonios que cambiaron el rumbo del juicio

Cansado de las idas y vueltas, Daniel se consideró despedido en forma indirecta, una figura legal que existe justamente para estos casos: cuando el empleado entiende que la patronal no le dejó otra salida que irse. Y fue a juicio.

En la causa declararon seis compañeros de trabajo, todos con nombres y apellidos, todos con varios años en el galpón. Lo que contaron fue clave. Describieron tareas concretas que no requerían cargar peso y que, según ellos, se hacían todos los días: el sellado de etiquetas, el fichado de cajas con engrudo y el colgado en el sector conocido como el aéreo. Varios coincidieron en que, cada vez que alguien se lastimaba una muñeca, la espalda o un hombro, la propia empresa lo reubicaba en esas funciones. Uno de los testigos fue más lejos y aseguró que al menos cuatro embaladores habían sido pasados a otros sectores en situaciones parecidas a la de Daniel.

La sentencia: probar o callar

El juez Luis Trani, titular del Juzgado Laboral N°3 de Neuquén, leyó esos testimonios y los calificó como coherentes, ordenados y concordantes. En su fallo concluyó algo que a Daniel le cambió la vida: la cooperativa tenía posibilidades reales de reubicarlo y eligió no hacerlo. Y agregó un principio que en estos casos pesa más que cualquier papel: cuando una empresa dice que no tiene puesto disponible para un trabajador con limitaciones de salud, es ella la que tiene que demostrarlo, con papeles, con organigramas, con algo concreto. Decir no alcanza.

La Cámara de Apelaciones confirmó el fallo meses después y la condena quedó firme: 676.751 pesos más intereses calculados desde 2022, una cifra que, según me aclaró el propio Daniel mientras charlábamos en la vereda, ni siquiera se acerca a los más de 4 millones que él había reclamado en un primer momento. Pero no era el dinero lo que más le importaba, me dijo, con esa mezcla de bronca y alivio de quien peleó mucho tiempo por algo que siente justo.

“Yo lo que quería era volver a trabajar, no que me paguen. Lo único que les pedí era un lugar donde no tuviera que levantar cajas con el hombro roto. Si me lo daban, iba todos los días, como fui siempre.”Daniel, embalador con más de diez años en la cooperativa
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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana

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