Digger: cuando Iñárritu le pone una soga de seda al cuello a Tom Cruise
Más de diez años después de Birdman, el mexicano vuelve al teatro, a las bambalinas y a los dilemas del arte con una película que incomoda más de lo que celebra. Un protagónico de Cruise que se anima a quedar en ridículo y una pregunta que sobrevuela toda la sala: ¿se puede denunciar al dinero que te paga?
Si Iñárritu fuera un boxeador, esta película sería el round en que decide dejar de tirar piñas y se pone a bailar. Después de diez años de meterse en selvas y desastres (léase The Revenant) vuelve al ring chico, al teatro, al lugar donde se cocina el arte con las manos transpiradas y el ego inflado. Digger, su nueva criatura, tiene la osadía de pisar el mismo terreno que Birdman, pero con la mandíbula más tensa y la sonrisa más amarga. Y ahí está, otra vez, el bardo atormentado que se sube a un escenario para demostrar algo, aunque ya no sepa bien a quién.
Lo que cuenta es simple como una milanesa con papas fritas: un actorazo (Tom Cruise, sí, el mismo que esquiva misiones imposibles) acepta la plata de un magnate para montar una obra y, de yapa, intentar salvar a su hija de un quilombo que ese mismo mundo de guita ayudó a armar. La trampa está servida en bandeja: el arte que le canta las verdades al poder solo existe porque el poder le paga el café, las luces y el alquiler de la sala. Acomodate en la butaca, que eso no se destiñe.
El oficio de incomodar
Como el verso aquel de la chaya que dice "yo no le canto a la luna porque alumbra y nada más", Iñárritu acá tampoco le canta a la luna para que quede linda en la foto. Digger se olvida del falso plano secuencia que hacía de Birdman un truco de malabarista, pero se queda con casi todo lo demás: la cámara pegada a la nuca del protagonista, los pasillos que parecen un estómago, los diálogos que pinchan como alfileres. Lo que cambia es la temperatura: si la anterior terminaba con un destello de fe en el artista, esta se despide con una mueca. La película no te regala nada, ni siquiera una salida elegante.
- El teatro como espejo deformante del ego creativo.
- La financiación privada como soga al cuello de la obra.
- Un Cruise dispuesto a quedar en ridículo, algo que ya es una rareza en Hollywood.
- Un final sin red ni (eso lo lee cualquier parecido a Iñárritu: sin red ni).
Y acá viene el dato que a mí, como porteño descreído, me gusta masticar: la gran pregunta de la película es la que se hace cualquier vecino cuando ve el noticiero. ¿Puede el cine denunciar al dinero que lo banca sin terminar siendo un empleado de ese mismo dinero? Iñárritu la deja picando en el aire, como un mozo que te trae la cuenta justo cuando estabas por pedir el postre.
Ahora, la parte práctica, que a los que peinamos canas nos importa más que el glamour: ¿vale la pena ir a verla? Sí, pero con la advertencia del que ya vio varias. Digger no es una película para pasar el rato un domingo de lluvia; es una de esas que te dejan pensando en el colectivo de vuelta a casa, mirando por la ventanilla y preguntándote en qué obra estás vos aceptando la guita de quién. Si te gustó Birdman pero sentías que te faltaba un poco de indigestión, acá tenés el menú completo. Si te copa Tom Cruise en modo serio y sin arnés, más todavía. Andá al cine, elegí la butaca del medio y dejate llevar por este regreso incómodo del mexicano que nunca les pide permiso a los magnates para filmarlos.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Corriente Rioja