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SÁB, 10 OCT 2026
Vida

De Neuquén a Alaska en una moto de cien kilos: la despedida de Nicolás antes de desaparecer en el camino

Vende su taller, deja a su hijo de 17 años y parte en noviembre con una Honda Navi, una carpa y un dispositivo satelital para contar el viaje en YouTube. Calcula que la odisea le demandará entre un año y medio y dos años.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana · · lectura 4 min
De Neuquén a Alaska en una moto de cien kilos: la despedida de Nicolás antes de desaparecer en el camino

A Nicolás Poblet lo encontré una tarde de estas en Neuquén, con las manos todavía llenas de grasa, armando la Honda Navi que en pocas semanas más lo va a llevar hasta el otro extremo del continente. Tiene 39 años, dirige un taller mecánico en la capital neuquina y el 11 de octubre cumple 40. Pocas semanas después, en noviembre, sale. Y cuando digo sale, digo que vende el taller, guarda lo poco que lleva encima y se sube a una moto que no está pensada para lo que él tiene en la cabeza: ir desde la Patagonia argentina hasta Alaska, pasando antes por Ushuaia, la Ruta 40, Bolivia y toda Centroamérica.

Llego a la charla y me lo imagino enseguida en la ruta, con esa mezcla de determinación y de calma que tiene cuando cuenta lo que viene planeando desde hace años. La idea la venía masticando en silencio, mientras ajustaba tornillos y cambiaba aceites de otros. Lo que lo frenaba, me confiesa, era la edad de Benjamín, su hijo, que hoy tiene 17. Esperó a que el chico creciera, a que tuviera más independencia, y recién entonces padre e hijo se sentaron a hablar. Acordaron el momento. Aceptaron la distancia. Y hasta barajan la posibilidad de que Benjamín tome un avión hasta algún punto del recorrido y se sume una temporada a la ruta.

Lo que se lleva y lo que deja

  • Una Honda Navi, una moto chica, de poco más de cien kilos, elegida a propósito por su simpleza, que se mueve a unos 60 kilómetros por hora y se puede arreglar con lo que un mecánico avezado lleva en una caja de herramientas.
  • La carpa, que va a usar el 90 por ciento de las noches, plantada al costado del camino o donde aparezca un lugar seguro para pasar la noche.
  • Un dispositivo Starlink para mantener el contacto con Benjamín, que es, según sus palabras, lo único que de verdad le preocupa del viaje entero.
  • Un bidón de combustible extra y el dinero que junte con la venta del taller, que no es para el viaje sino para su hijo.
  • Una cámara y un celular para documentar todo en el canal de YouTube y la cuenta de Instagram que armó bajo el nombre Astronavi.

El plan, tal como me lo fue describiendo, tiene una primera etapa que lo cruza a Chile para bajar por la Carretera Austral hasta Ushuaia, en el extremo sur del continente. Desde allí sube por la Ruta 40 argentina, sigue por Bolivia, atraviesa Centroamérica y entra a Norteamérica hasta llegar a Alaska. Entre una cosa y la otra calcula año y medio o dos años, aunque él mismo aclara que esa estimación puede estirarse o achicarse según lo que vaya encontrando en el camino. No tiene fecha de regreso, no tiene un itinerario cerrado y, me dice casi como al pasar, eso es justamente lo que lo mueve: detenerse donde le llame la atención el camino, no donde se lo imponga un planilla.

Mientras le tomo nota, pienso en la cantidad de cosas que Nicolás está ordenando antes de subirse a esa moto. Vende su taller, deja el trabajo que conoce de memoria, deja la rutina de la ciudad y deja, sobre todo, a su hijo entrando en una edad donde la presencia del padre pesa más que nunca. Lo que rescata de todo eso, me parece, es que Benjamín ya no es un nene, y la conversación entre los dos lo deja claro. El dinero de la venta queda para el chico. El viaje lo sostiene con algunos ahorros y con lo que espera ir generando en el camino. Y la comunicación, me recalca, se va a mantener viva a través de esa antena que va a llevar consigo.

Como mecánico, Poblet conoce su moto por dentro y por afuera. Sabe que la Honda Navi no es una máquina para correr rutas largas a alta velocidad y por eso la eligió: porque se puede arreglar en cualquier sitio con un juego de llaves y algo de maña. La velocidad crucero a la que piensa moverse, esos 60 km/h que mencionó, no parece un capricho sino una declaración de principios: ir despacio para ver más, para detenerse, para que el viaje no se lo trague la ruta antes de empezar.

Cuando le pregunto qué es lo que más le preocupa del viaje, no me habla del clima, ni de la moto, ni de la comida, ni de cruzar fronteras difíciles. Me mira y me lo dice con una frase que se me va a quedar pegada un buen rato.

“Lo único que realmente me preocupa en el viaje es poder mantener la comunicación con él.”Nicolás Poblet

Lo conozco hace un rato y ya me doy cuenta de que Nicolás Poblet no se va de Neuquén escapando de nada. Se va, en todo caso, empujado por algo que viene construyendo desde hace mucho, y dejando armadas las cosas que le importan: el taller vendido a nombre de su hijo, la comunicación garantizada con un satélite, y un canal de YouTube abierto para que quienes lo quieran acompañar lo sigan mientras la Navi se va tragando kilómetros hacia el norte.

VY
Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana

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