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VIE, 25 SEPT 2026
Vida

Cuando el peso de la mochila se siente en la casa: cómo acompañar a un estudiante desbordado por las exigencias del colegio

La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, sostiene que la presión por las tareas y las calificaciones puede escaparse del aula y traducirse en cambios de humor, dificultades de conducta o síntomas físicos. Ordendar las obligaciones, sostener el descanso y cultivar los vínculos presenciales son algunas de las claves que propone.

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Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana · 25 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Me lo imagino a Federico, un pibe de once años que llega del colegio y tira la mochila en la entrada como si le quemara la espalda. No es capricho: es la manera que tiene el cuerpo de decir basta. La psicóloga Susan Albers, de la Cleveland Clinic, viene trabajando hace años con familias que atraviesan escenas como esta, y me parece que vale la pena detenernos en lo que ella repite cada vez que le preguntan por el estrés escolar: la presión del aula no se queda en el aula, se viene a casa y, muchas veces, termina expresándose en cosas que los adultos no asociamos de entrada con el colegio.

Porque una cosa es entender que un estudiante pueda estar ansioso antes de una prueba y otra muy distinta es notar que ese malestar se extiende, se cronifica y empieza a filtrarse en el ánimo, en la conducta y hasta en el cuerpo. Para Albers, la diferencia entre una exigencia que puede funcionar como motor y una respuesta de estrés que hace daño está en la frecuencia y en la duración. Cuando la tensión se vuelve cotidiana y no hay respiro, el organismo pierde la oportunidad de recuperarse, y la memoria de trabajo, esa que necesitamos para manejar información en el momento, queda demasiado ocupada por la preocupación como para poder recuperar lo aprendido.

Las señales que a veces no parecen señales

Acá viene uno de los puntos que más me interesa de lo que plantea Albers: la presión no siempre llega con palabras. Muchas veces se manifiesta en variaciones del humor, en dificultades de conducta o en molestias físicas que no tienen una causa médica clara. Y a las tareas y a las expectativas del colegio se suman las comparaciones en redes y los mensajes que mantienen al estudiante permanentemente conectado con las demandas escolares, incluso cuando ya colgó la mochila en la percha.

“Si quien cuida también está estresado, puede mostrar cómo trabaja sobre esa dificultad y busca ayuda.”Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic

Esa idea me parece clave: el acompañamiento empieza por los adultos. Albers subraya que la manera en que responden quienes rodean a un estudiante influye directamente en cómo este maneja la tensión. Y eso incluye, dice, hacer una pausa antes de reaccionar, mostrar con el ejemplo que es posible pedir ayuda y, sobre todo, no pretender que nosotros, como madres, padres o cuidadores, estamos exentos de lo mismo que le pedimos al pibe que enfrente.

Ordenar para no ahogarse

  • Revisar qué tareas requieren resolución inmediata, cuáles admiten una espera y cuáles pueden delegarse o directamente quitarse de la lista.
  • Dividir la obligación prioritaria en acciones más pequeñas y concretas, para que una demanda que parecía imposible se convierta en pasos manejables.
  • Sustituir parte del tiempo frente a las redes por actividades que permitan concentrarse en el presente, como propuestas artísticas o meditación.
  • Sostener el descanso y los vínculos presenciales como pilares, no como premios que se ganan al final de la semana.

Otro punto que la especialista pone sobre la mesa es la conexión permanente. Para Albers, las redes pueden prolongar la sensación de estar bajo evaluación mucho después de que sonó el timbre de salida, y eso alimenta la tensión en lugar de darle un corte. Como alternativa, sugiere actividades artísticas o momentos de meditación que ayuden a volver al presente, aunque sea por un rato. Porque, como me dijo una vez una maestra con mucha calle: el descanso no es lo que sobra después de estudiar, es lo que permite que lo estudiado se asiente.

También me parece importante lo que Albers dice sobre el acompañamiento ampliado. No siempre alcanza con la familia inmediata. Contar con otros adultos de confianza que puedan manejar sus propias emociones y estar disponibles cuando las obligaciones sobrepasan al estudiante puede marcar una diferencia enorme. Y si quien cuida está estresado, no hace falta esconderlo: mostrar cómo se trabaja sobre esa dificultad y cómo se busca ayuda también enseña.

Cuando finalmente le pregunté a Albers qué les diría a las familias que están viendo cómo el peso del colegio se les escapa del aula y se les mete en la casa, ella me respondió con una frase que me quedó dando vueltas: explicarles a los estudiantes por qué cuidar el bienestar también tiene importancia para rendir puede ayudarlos a entender que pedir ayuda no es una falla, sino una herramienta. Y a mí, como adulta que a veces se olvida de aplicársela a sí misma, me sirve como recordatorio.

VY
Valeria YacanteSociedad y vida cotidiana

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