Black Torch: un gato negro, un ninja con buena puntería y una oficina que huele a problema
La serie de Tsuyoshi Takaki llegó a Crunchyroll con doce episodios que se devoran en una tarde: acción, fantasía urbana y un vínculo improbable entre un pibe que habla con animales y un espíritu con cara de gato.
Hay algo entrañable en eso de empezar una serie sin saber qué te espera y terminar enganchado como quien encuentra un gato en la calle y, una semana después, ya le compraste la cama, el plato tallado y la cajita de arena. Black Torch es exactamente eso: un gato negro, un ninja de barrio con la bendita costumbre de meterse donde no lo llaman y una oficina gubernamental que, como todas las oficinas donde uno termina laburando, se convierte en una segunda familia a fuerza de monstruos y mates compartidos.
La serie, disponible en Crunchyroll, adapta el manga de Tsuyoshi Takaki y se despacha en doce episodios que, sumados, no llegan a las seis horas. La produce 100studio, un estudio chico que le pone cariño a una historia que merecía más suerte de la que tuvo en el papel.
De un bosque cualquiera a una mesa de expedientes
El arranque tiene la textura clásica del shonen bien entendido: Jiro, el protagonista, es un pibe que aprendió artes ninja con el viejo de su abuelo (sí, de su abuelo, presten atención) y que, como si fuera poco, carga con un don particular: habla con los animales. Mirlos, perros, lo que sea. Rago, en cambio, es un mononoke, un espíritu que lleva milenios dando vueltas por el mundo y que termina metido en el cuerpo de un gato negro porque, claro, los gatos negros tienen esa estética de “yo estuve antes que vos y voy a estar después”.
El encuentro, como no podía ser de otra manera, ocurre en un bosque. Jiro encuentra a Rago herido, lo ayuda, aparece otro espíritu enemigo con muy malas pulgas y el pibe termina con una herida que, técnicamente, debería haberlo mandado directo al otro barrio. Rago, en un acto de esos que uno califica de solidarité inesperada, se funde con él para salvarlo. Desde ahí, ya son dos en un cuerpo, y ahí empieza el baile.
(Y acá hago un paréntesis para el que no haya leído manga en su vida: cuando un espíritu se “funde” con un humano, no significa que se vuelvan uno y ya. Significa que conviven, discuten, se pican el y terminan resolviendo sus diferencias a la japonesa, con escenas de combate y diálogos mirando a un horizonte bastante simbolico.)
Black Torch, la oficina y los muchachos
El destino (o la burocracia sobrenatural) los deposita en la Oficina de Espionaje, donde los mandan a un departamento flamante llamado, justamente, Black Torch. La unidad está encargada de cazar y despachar espíritus malignos, lo que en la práctica significa: reuniones, expedientes, superiores con cara de pocos amigos y monstruos que aparecen en cloacas o centros comerciales con la misma naturalidad con la que aquí aparece una campera barata en una liquidación.
- Jiro: protagonista, ninja vocacional, tiene la virtud de hablar con cualquier cosa que tenga pelo o plumas.
- Rago: espíritu milenario con cuerpo de gato negro y la mala leche aristocrática de quien lleva demasiados siglos despierto.
- Una joven se suma al equipo como contraparte femenina y motor de buena parte de los líos emocionales del reparto.
- Un tercero, más serio, aporta el contrapeso del tipo que llegó a la oficina pensando que iba a tener un escritorio tranquilo.
Los doce episodios arman el típico recorrido del shonen contemporáneo: presentación del vínculo, primeros combates, aparición de la organización, enemigos cada vez más pesados y, claro, el aprendizaje mutuo entre los protagonistas. Jiro entrena, Rago le tira reproches mentales, y los demás compañeros miran la situación como quien ve a un amigo mudarse con su suegra: con cariño y un poquito de miedo.
Una historia con los pies cortos pero el corazón largo
El manga original arrancó en 2016, pasó a formato digital y, como tantas series queribles que no encontraron su público masivo, fue cancelado en 2018. Dejó 19 capítulos recopilados en cinco volúmenes. No es un exagerado de la previa, pero tampoco es un soplo de aire: cinco tomos dan para un anime que respira, que se cierra y que no te deja con la sensación de “esto quedó en la nada”.
A favor: el ritmo es ágil, las peleas están bien coreografiadas y la pareja protagonista tiene la dinámica justa para sostener una serie entera sin caer en el típico romance empalagoso. En contra: los antagonistas pesan menos de lo que deberían, algunas revelaciones se cocinan al horno rápido y hay ciertos giros que piden un poquito más de cocción.
““Yo no vine a este mundo a pelear, vine a este mundo a quererte, pero si no queda otra, peleo y te quiero igual.””como dice cualquier vidala norteña bajada del cerro
Qué mirar, qué saltear y a quién recomendárselo
Black Torch no va a cambiarte la vida, y eso, en un catálogo infinito de series que prometen cambiarte la vida y terminan cambiándote nada, es casi un alivio. Es un animé breve, honesto, con dos personajes centrales a los que uno termina agarrando cariño y una premisa que podría haber dado cinco temporadas pero se conforma, con dignidad, con esta primera y única.
Mi recomendación concreta: si te gustó Noragami, si te bancás el humor de Natsume y si cuando ves un gato negro en la calle sentís que algo adentro te dice “ese gato tiene más historia que yo”, sentate este finde con los doce episodios en fila y dejá que la tarde se te vaya. Después me contás.
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